30 abril 2026
El trabajo dignifica al ser humano
Al celebrar el Día Internacional de los Trabajadores, los católicos nos unimos a esta conmemoración desde una convicción sencilla y profunda: el trabajo no es sólo una forma de ganarse la vida, sino también un camino para servir y sostener a la familia. Recordando que con el esfuerzo de nuestras manos continuamos con la obra […]
Columna de
Mons. Ignacio Ducasse Medina
Al celebrar el Día Internacional de los Trabajadores, los católicos nos unimos a esta conmemoración desde una convicción sencilla y profunda: el trabajo no es sólo una forma de ganarse la vida, sino también un camino para servir y sostener a la familia. Recordando que con el esfuerzo de nuestras manos continuamos con la obra creadora que Dios nos confió.
Por eso, la Iglesia nos invita a mirar este día desde la figura de San José Obrero. José no aparece en el Evangelio pronunciando grandes discursos. Su santidad se revela en lo cotidiano: en el silencio de un taller, en la responsabilidad de llevar el sustento a su hogar, en el cuidado fiel de María y de Jesús. Fue carpintero y ese oficio o labor resume una vida hecha de esfuerzo, paciencia y corazón disponible.
En la exhortación Redemptoris Custos, San Juan Pablo II señala que el trabajo era “la expresión diaria de amor en la vida de la Familia de Nazaret”. Esta frase nos ayuda a comprender que trabajar no es sólo producir. Trabajar también es amar: levantarse temprano por quienes dependen de nosotros, poner talento y tiempo al servicio de otros y construir, muchas veces sin aplausos, un futuro más digno.
Las Sagradas Escrituras también iluminan esta realidad cuando Jesús recuerda: “El obrero merece su salario” (Lc 10,7). Esta enseñanza conserva plena actualidad, porque en Chile, aunque muchas personas se levantan cada día temprano con esfuerzo y responsabilidad, todavía hay familias que viven en la incertidumbre de la cesantía, de los trabajos temporales o de ingresos que no alcanzan.
También es cierto que en Chile se ha avanzado en materia de salario mínimo o derechos laborales. Sin embargo, hablar de trabajo digno exige mirar más allá, es preguntarnos si ese ingreso mínimo permite vivir con dignidad, si las jornadas labores dejan tiempo para compartir en familia, si las mujeres, jóvenes, migrantes y emprendedores encuentran oportunidades reales.
Es por ello que el trabajo debe ser valorado, respetado y justamente recompensado. No basta con hablar de dignidad si hay personas que trabajan largas jornadas sin recibir lo necesario para vivir, descansar y sostener a sus familias.
Decir que el trabajo dignifica no consiste en idealizar cualquier forma de trabajo. Un empleo que explota, humilla o no permite vivir con tranquilidad no dignifica plenamente. La dignidad no está sólo en tener trabajo, sino en que ese trabajo respete a la persona: su remuneración justa, su seguridad, su descanso y su vida familiar.
Por lo tanto, un trabajo no puede considerarse digno cuando se sostiene sobre la precariedad, el cansancio extremo o la dignidad vulnerada de otra persona; y quienes ofrecen esas condiciones no honran el valor del trabajo, porque terminan poniendo su lucro por encima de la vida y dignidad de sus hermanos.
La Constitución Pastoral Gaudium et Spes recuerda que los esfuerzos humanos por lograr mejores condiciones de vida, “considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios” (GS 34). Desde esa mirada, cada trabajo honesto tiene valor: el del obrero(a), el educador(a), el trabajador(a) del hogar, el comerciante, el profesional y también quienes buscan empleo.
Hoy nuestro pensamiento y oración está especialmente con quienes no tienen empleo, con quienes trabajan en la informalidad y con quienes sienten que su esfuerzo no alcanza. La fe nos empuja a mirar el rostro concreto de cada trabajador y a preguntarnos si nuestras decisiones ayudan a levantar o cargan más la vida de los demás.
San José Obrero nos enseña que la grandeza del trabajo está en hacerlo con responsabilidad, humildad y amor. Que este 1 de mayo sea una ocasión para agradecer el trabajo que tenemos, valorar el esfuerzo ajeno y renovar el compromiso por condiciones laborales más justas. Porque el trabajo dignifica cuando permite vivir con esperanza, sostener la familia y participar en el bien común.
