Voces Vivas a través de los 70 años de la UCN
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Repositorio Complementario. Textos Inéditos Libro 70 años de la UCN
Reflexiones:
Escribir sobre la historia de la Universidad Católica del Norte es, esencialmente, escribir sobre la historia de la pedagogía en el norte de Chile. Al conmemorar este 70° aniversario, es imperativo volver la mirada a las raíces que sostienen nuestra institución y celebrar el florecimiento de un sueño largamente anhelado: la consolidación de nuestra Facultad de Educación.
El Origen de una Misión (1956)
La historia de la UCN no comenzó con grandes edificios de hormigón, sino con la convicción profunda de que la educación es la piedra angular del desarrollo humano y social. En 1956, la universidad nació de la mano de las pedagogías, carreras que marcaron el inicio del trabajo académico y formativo en esta casa de estudios. Desde aquellos primeros días, el compromiso de la institución ha sido preparar a quienes tienen en sus manos la responsabilidad de guiar a las futuras generaciones.
Este vínculo fundacional con la enseñanza ha sido el hilo conductor que, durante siete décadas, ha unido a académicos, estudiantes y comunidades escolares de todo el territorio nortino. No se trataba solo de entregar conocimientos técnicos, sino de cultivar una sensibilidad especial hacia la realidad educativa de nuestra zona.
Años de Siembra y Esperanza
El camino hacia la autonomía y el fortalecimiento del área pedagógica no fue inmediato. Requirió de la labor silenciosa, fuerte y comprometida de muchas personas que, especialmente en los últimos 15 años, trabajaron incansablemente para generar las condiciones idóneas que permitieran un salto cualitativo en la estructura institucional.
Este periodo se caracterizó por una maduración académica que buscaba no solo mantener el estándar de excelencia, sino también responder con mayor agilidad a los desafíos de un mundo en constante cambio. Fue un esfuerzo colectivo que puso el corazón en la mejora de los procesos docentes y en la vinculación con el medio, siempre con la mira puesta en el bienestar de los niños, niñas y jóvenes del país.
Un Hito Histórico: La Creación de la Facultad (2023)
Hace exactamente tres años, nuestra historia dio un paso decisivo. El 28 de marzo de 2023, el Consejo Superior de la Universidad aprobó la creación de la Facultad de Educación, convirtiéndose en la novena facultad de la institución. Este hito, que inició formalmente sus actividades el 1 de abril de aquel año en Antofagasta, representó mucho más que un cambio administrativo; fue el reconocimiento oficial a la importancia estratégica de la formación docente para la UCN.
La facultad nació con el propósito de constituirse en un referente en el Norte de Chile, integrando la investigación y la vinculación para contribuir al desarrollo educativo nacional. Su estructura se diseñó para abrazar la diversidad de la enseñanza, conformándose por dos unidades fundamentales: la Escuela de Educación Antofagasta y la Escuela de Inglés, que en ese mismo acto se transformó en la Escuela de Lenguas y Literatura para ampliar sus horizontes de desarrollo.
Una Comunidad con Vocación
Detrás de cada hito institucional, de cada avance académico y de cada espacio construido, existen personas que dan sentido y vida a este proyecto educativo. Hoy, la Facultad de Educación se compone de una comunidad cercana a 700 estudiantes, 22 académicos y académicas, y 8 funcionarios y funcionarias de apoyo a la academia, quienes, en conjunto, conforman el corazón activo de esta unidad.
Más allá de las cifras, esta comunidad se define por su vocación. En las aulas, en los espacios de práctica y en los territorios donde se proyecta su quehacer, conviven miradas diversas, trayectorias personales y compromisos compartidos que enriquecen la formación docente. Cada estudiante que ingresa lo hace movido por el deseo de transformar realidades; cada académico y académica aporta no solo conocimiento disciplinar, sino también experiencia, reflexión y sentido pedagógico; y cada integrante del equipo de apoyo contribuye, desde su labor, a sostener y fortalecer los procesos formativos.
Esta comunidad no se limita a sus fronteras físicas. Se extiende hacia las escuelas, liceos y jardines infantiles de la región, donde se construyen vínculos significativos con las comunidades educativas. Es en ese encuentro donde la formación inicial docente adquiere su verdadero sentido, al dialogar con las realidades concretas del norte de Chile.
Así, la Facultad de Educación no es solo una estructura académica, sino un espacio profundamente humano, donde se entrelazan historias, aprendizajes y vocaciones. Son las personas quienes, día a día, hacen posible que el legado iniciado en 1956 continúe proyectándose con fuerza hacia el futuro.
Un Espacio para el Encuentro Humano
La labor educativa requiere de espacios que inspiren y acojan. Por ello, la creación de la facultad vino acompañada de una moderna infraestructura: el Pabellón P-5, ubicado en el acceso sur de la Casa Central en Antofagasta. Con una superficie cercana a los 1.200 metros cuadrados, este edificio, financiado con fondos del Mineduc y aportes propios, no son solo paredes y techos, sino el hogar donde hoy se forman los profesionales de nuestras seis carreras de pregrado y dos programas de postgrado: Pedagogía en Inglés, Pedagogía en Educación Básica con Especialización, Pedagogía en Educación Diferencial con mención en Desarrollo Emocional y Cognitivo, Pedagogía en Educación Parvularia con mención en Desarrollo Emocional y Cognitivo, Pedagogía en Religión para Enseñanza Básica (modalidad prosecución de estudios), Pedagogía en Lengua y Cultura de los Pueblos Originarios Ancestrales para Educación Básica (modalidad prosecución de estudios), Magíster en Educación y Liderazgo para la Transformación Educativa, y Magíster en la Enseñanza del Inglés como Lengua Extranjera desde el Enfoque Intercultural.
Es especialmente significativo resaltar que nuestras pedagogías en Educación Diferencial y Parvularia ponen un énfasis explícito en el desarrollo emocional y cognitivo. Esto refleja la esencia humana de nuestra facultad: entendemos que el aprendizaje no ocurre en el vacío, sino en el vínculo afectivo y en el reconocimiento de la dignidad de cada estudiante.
Hacia los Próximos Setenta Años
Al cumplir 70 años, la Universidad Católica del Norte reafirma que su corazón sigue siendo pedagógico. La Facultad de Educación existe por y para el aula; por y para el profesor que, presente y vinculado con la zona andina, con la pampa o con la costa, despierta la curiosidad en un niño.
Hoy celebramos estos tres años de vida de la Facultad como el fruto de una semilla plantada en 1956. Miramos al futuro con la certeza de que, mientras existan maestros comprometidos con su vocación, la UCN seguirá cumpliendo su promesa de iluminar el norte de Chile a través del saber y la humanidad.
Patricia Castillo Ladino
Eladio Donoso Díaz
Esta reflexión fue motivada a partir de una entrevista realizada por Gustavo Ahumada a Patricio Aroca, fundador y exdirector del Instituto de Economía Aplicada Regional (IDEAR) de la Universidad Católica del Norte.
A lo largo de la historia, las universidades regionales chilenas han enfrentado el desafío de desarrollar investigación científica en contextos institucionales donde, durante tiempo prolongado, la actividad docente constituyó la función principal. En este escenario, la construcción de capacidades de investigación ha sido un proceso gradual que se ha supeditado, en gran medida, a iniciativas académicas que han procurado instalar nuevas prácticas, estándares y visiones de desarrollo institucional. En el caso de la Universidad Católica del Norte (UCN), la creación del Instituto de Economía Aplicada Regional (IDEAR) constituye un hito relevante dentro de este proceso.
El IDEAR fue fundado en 1996 con el propósito de fortalecer la investigación en economía y, particularmente, desarrollar estudios aplicados orientados a entender los procesos económicos y sociales de las regiones del norte de Chile. Su origen estuvo fuertemente influenciado por la experiencia académica internacional de su fundador, Patricio Aroca, quien durante su proceso de formación doctoral conoció el funcionamiento del Regional Economic Application Laboratory (REAL) de la Universidad de Illinois. A partir de esa experiencia surgió la idea de impulsar un espacio académico similar en la UCN, con el convencimiento de que la investigación regional debía desarrollarse desde el propio territorio. Como ha señalado Aroca, el objetivo era promover investigación “con estándares internacionales, pero conectada con los problemas reales del territorio”. Esta visión implica no solo producir estudios aplicados, sino también instalar una cultura académica orientada a la investigación sistemática y publicación científica.
Más allá de su creación institucional, el aporte del IDEAR debe entenderse en un contexto de una transformación más amplia en la cultura académica de la universidad. En sus primeros años, la investigación en muchas universidades regionales se encontraba limitada por la escasez de incentivos institucionales, la baja presencia de académicos con formación doctoral y débil inserción en redes internaciones de investigación. En este escenario, el IDEAR se concibió como un proyecto con un proyecto académico de largo plazo orientado a consolidar una cultura investigativa basada en la producción científica, la publicación de revistas especializadas y la formación de capital humano avanzado. Como recuerda Aroca, “no se trataba de hacer informes, sino de generar conocimiento que pudiera ser evaluado y reconocido por la comunidad académica internacional”.
Uno de los resultados más visibles de este proceso fue la contribución del IDEAR al fortalecimiento del Departamento de Economía y, posteriormente, al desarrollo de la investigación en ciencias sociales dentro de la universidad. A través de una estrategia que incentivó la formación doctoral de sus académicos y la participación en proyectos de investigación competitivos, el instituto contribuyó a elevar los estándares de producción académica y a consolidar un núcleo de investigadores con alta cualificación. Mirado en retrospectiva, Aroca resume este proceso señalando que el IDEAR “fue la piedra fundamental del desarrollo de la investigación en ciencias sociales en la Universidad Católica del Norte”.
Sin embargo, el aporte del IDEAR no se limitó al ámbito estrictamente académico. Desde sus inicios, el instituto desarrolló una labor fuertemente vinculada a las problemáticas del territoriales del norte de Chile. Temas como la estructura productiva regional, la minería, el mercado laboral, las desigualdades territoriales o el costo de vida en las regiones, formaron parte de un conjunto de investigaciones orientadas a comprender las dinámicas económicas territoriales. Esta aproximación permitió articular investigación científica rigurosa con debates sustantivos para el desarrollo regional y para el diseño de políticas públicas. Un ejemplo ilustrativo fue el estudio sobre mayor costo de vida en Antofagasta, cuyos resultados contribuyeron a fomentar discusiones que posteriormente derivaron en el reconocimiento de la región como zona extrema. Como ha señalado Aroca, cuando la investigación logra incidir en decisiones concretas “se valida el sentido de hacer ciencia desde una universidad regional”.
Otro aspecto fundamental de la trayectoria del IDEAR ha sido su contribución a la formación de nuevas generaciones de investigadores y profesionales. A través de la participación de estudiantes de postgrado en proyectos de investigación, el instituto ha generado un espacio formativo en el que la docencia, la investigación y la vinculación con el medio se articularon de manera estrecha. Muchos de estos estudiantes han continuado posteriormente carreras académicas o profesionales en Chile y en el extranjero, ampliando las redes académicas vinculadas a la Universidad Católica del Norte. En palabras de Aroca, uno de los mayores logros de esta experiencia ha sido observar cómo varios de esos egresados han desarrollado trayectorias internacionales, lo que él describe con satisfacción como la formación de una suerte de “hijos adoptivos” académicos.
Mirado en perspectiva, el desarrollo del IDEAR ofrece una oportunidad para reflexionar sobre el rol que pueden desempeñar las universidades regionales en la producción de conocimiento. La experiencia del instituto muestra que la investigación científica de calidad no es incompatible con la localización territorial de las universidades, sino que puede encontrar en el territorio una fuente de preguntas relevantes y de desafíos intelectuales significativos. En este sentido, la trayectoria del IDEAR demuestra que es posible articular excelencia académica con compromiso territorial, fortaleciendo simultáneamente el desarrollo institucional de la universidad y su contribución al entorno regional.
En el marco de los setenta años de la Universidad Católica del Norte, repasar la historia del IDEAR invita a valorar aquellas iniciativas académicas que han contribuido a consolidar una cultura de investigación en la institución. Más allá de sus resultados específicos, el legado del instituto radica en haber demostrado que las universidades regionales pueden constituirse en espacios capaces de generar conocimiento relevante para el país, al tiempo que forman nuevas generaciones de investigadores comprometidos con los desafíos del desarrollo territorial.
A lo largo de sus setenta años de historia, la Universidad Católica del Norte ha cultivado una identidad que integra fe, cultura, conocimiento y servicio. En este marco, la Pastoral y Cultura Cristiana de la Sede Coquimbo -creada en 1998- se ha convertido en una expresión concreta del compromiso social y humano de la institución. Desde sus primeros años, cuando la misión estaba centrada en el acompañamiento espiritual de la comunidad universitaria, se fue configurando un modo de presencia que dialoga con la realidad, que escucha y que actúa. Esta evolución responde a la inspiración de Ex Corde Ecclesiae, que invita a las universidades católicas a iluminar la vida social desde la verdad, la justicia y la dignidad humana.
Con el tiempo, la Pastoral amplió su horizonte, pasando de un acompañamiento interno a una inserción directa en los territorios. Esta expansión no ha sido solamente un incremento de actividades, sino la expresión de un compromiso institucional profundo: comprender que la formación integral se fortalece cuando la comunidad universitaria se vincula con las realidades más vulneradas, aprende de ellas y se pone a su servicio. Así, los valores UCN -verdad, libertad, justicia, responsabilidad social y ambiental, y respeto- se han hecho evidentes en prácticas concretas de encuentro y colaboración.
Este camino ha sido posible gracias al voluntariado, motor silencioso y constante que sostiene cada iniciativa. Estudiantes, funcionarios y egresados han ofrecido su tiempo y talento para acompañar a personas en situación de calle, familias de sectores vulnerables, comunidades migrantes, niños y niñas en residencias, personas privadas de libertad y personas mayores. Su participación no solo transforma realidades externas: también forma ciudadanos comprometidos, sensibles a la justicia y con una comprensión más profunda del sentido de su profesión y de su rol en la sociedad.
La presencia estable de la Pastoral en la Ruta Calle ha permitido a la Universidad sostener un espacio de encuentro y dignificación que trasciende la asistencia material. Lo mismo sucedió con el Campamento El Triángulo, donde el acompañamiento continuó incluso tras la erradicación y el traslado de las familias a la población Vida Nueva, demostrando que la UCN no solo responde a urgencias, sino que apuesta por procesos largos y humanizadores. El trabajo con niños y niñas migrantes y con menores en residencias refleja la sensibilidad de la institución frente a los grupos más invisibilizados, generando espacios seguros de aprendizaje, contención y participación.
En paralelo, el acompañamiento a personas mayores del sector Guayacán y el trabajo con personas privadas de libertad revelan un cuidado especial por quienes suelen quedar marginados. Estos espacios no solo alivian la soledad o la exclusión: construyen comunidad, memoria y sentido. Son signos concretos del compromiso social que caracteriza a la UCN.
Los proyectos comunitarios impulsados por la Pastoral también han consolidado un aporte institucional significativo. El Preuniversitario Social Pastoral UCN, vigente desde 2017, ha abierto caminos de acceso a la educación superior a jóvenes de familias vulnerables de Coquimbo, integrando además tutorías personalizadas que acompañan procesos académicos y vocacionales. La Universidad del Adulto Mayor, UAM UCN, por su parte, ha desarrollado jornadas presenciales, trabajo en terreno y un acompañamiento virtual durante la pandemia, llegando con el Manual de Trayectorias de Vida a las quince comunas de la región. Ambas iniciativas son ejemplo de cómo la Universidad puede ponerse al servicio del desarrollo integral y la equidad educativa.
Todo este despliegue ha sido posible gracias a una vinculación con el medio sólida, estratégica y colaborativa. La Pastoral articula esfuerzos internos con unidades académicas y áreas estudiantiles, y establece lazos sostenidos con organizaciones sociales, instituciones públicas y comunidades territoriales. Esta articulación no solo potencia la acción social, sino que fortalece la misión universitaria y proyecta a la UCN como un actor significativo en el desarrollo regional.
Mirando este recorrido, se reconoce que la Pastoral UCN no es solo una estructura dentro de la Universidad: es una manera de estar en el mundo, una presencia que encarna el humanismo cristiano y que contribuye a formar profesionales con conciencia social, sentido ético y vocación de servicio. Su aporte, sostenido durante casi tres décadas, demuestra que la Universidad crece cuando se encuentra con otros, cuando escucha el territorio y cuando decide ser parte activa de su historia.
Andrea Letelier Galassi
Jefa del Departamento de Pastoral y Cultura Cristiana
Coquimbo
Giomar Misael Ortiz Silvestre
Coordinador Vida y Fe
Departamento de Pastoral y Cultura Cristiana.
Al recorrer la historia de la Universidad Católica del Norte, reconocemos que su identidad se ha forjado desde un diálogo constante entre fe, cultura y servicio. Tal como recuerda Ex Corde Ecclesiae, una universidad católica nace del corazón de la Iglesia y participa de su misión evangelizadora en medio del mundo académico. Esta convicción no solo inspira una forma de pensar, sino también una manera de acompañar la vida universitaria. En este horizonte, la Pastoral UCN Coquimbo presente desde 1998 ha buscado ser un signo vivo de cercanía y esperanza, abriendo espacios donde Dios se hace presente de manera sencilla y accesible.
Desde mi experiencia, la misión evangelizadora en la UCN se ha expresado principalmente a través de una presencia cercana, respetuosa y atenta a las realidades que viven estudiantes, académicos y funcionarios. Escuchar de verdad sus inquietudes, búsquedas, temores y silencios ha permitido que la Pastoral se configure como un lugar de acogida. Allí la fe no se impone, sino que se ofrece desde la confianza y la libertad interior. En ese trato cotidiano se van tejiendo relaciones que sostienen procesos personales y comunitarios, dando forma concreta al llamado a ser “Iglesia en salida”, como nos invita el Papa Francisco: una Iglesia que se mueve, que va al encuentro, que no espera a que otros lleguen primero.
Este camino se ha consolidado gracias a una relación de colaboración y apoyo mutuo con la Iglesia local, la Arquidiócesis de La Serena. Desde los inicios, hemos caminado juntos: la Arquidiócesis acompañando y orientando el crecimiento de la Pastoral, y la UCN aportando también a la misión evangelizadora del territorio a través de su presencia universitaria. El vínculo con el arzobispo, los sacerdotes asesores y los equipos diocesanos ha permitido unir la misión educativa con la vida pastoral del entorno, enriqueciendo ambos espacios. La cercanía de los sacerdotes en su acompañamiento cotidiano da profundidad espiritual a nuestro quehacer, mientras la comunidad universitaria, con sus preguntas, desafíos y procesos, ofrece vida nueva y dinamismo a la acción pastoral de la Iglesia local. Así, juntos hacemos visible el rostro de una Iglesia que acoge, orienta y camina con las personas, ayudándolas a encontrar a Dios en medio del estudio, el trabajo y la vida diaria.
En este contexto, los sacramentos han tenido un papel fundamental, no como ritos aislados, sino como encuentros que fortalecen y renuevan. La Eucaristía, las celebraciones comunitarias, la Reconciliación, las bendiciones y los momentos de oración han sido para muchos un verdadero punto de apoyo. Allí, la fe se encarna, se celebra y se comparte, permitiendo que la vida espiritual dialogue con las tareas diarias, las responsabilidades y las decisiones que marcan la etapa universitaria.
La misión evangelizadora tampoco se ha quedado dentro del campus. La Pastoral ha salido continuamente al encuentro de otras realidades, colaborando con comunidades locales, parroquias, colegios y organizaciones sociales. Estas experiencias han ampliado la mirada y fortalecido la sensibilidad social, recordándonos que la fe se vive con mayor autenticidad cuando se traduce en servicio, especialmente hacia quienes enfrentan situaciones de mayor vulnerabilidad. Conocer otras realidades desafía, moviliza y devuelve a la Universidad la conciencia de que forma personas para transformar el mundo desde una perspectiva humana y solidaria.
En este caminar, la Pastoral se ha caracterizado por un estilo sencillo y profundamente humano. Muchas veces el aporte más significativo no está en las actividades visibles, sino en la conversación que llega en el momento justo, en la escucha que contiene, o en la compañía silenciosa que brinda paz. Por eso, para muchos, la Pastoral ha sido un espacio de orientación, calma y esperanza en medio del ritmo acelerado de la vida universitaria.
Junto a ello, los espacios de formación, reflexión y retiro han permitido integrar la dimensión espiritual con la vida académica y profesional. Mirar la realidad con profundidad, discernir decisiones con responsabilidad ética y reconocer la presencia de Dios en lo cotidiano son aprendizajes que han marcado a generaciones de estudiantes y funcionarios. La fe se vuelve entonces un camino que ilumina, que inspira y que ayuda a comprometerse con el bien común.
Hoy, al celebrar los 70 años de la Universidad Católica del Norte, se renueva la invitación a seguir caminando junto a las personas, acompañando sus procesos y manteniendo abiertos los espacios de encuentro. La Pastoral UCN Coquimbo continuará siendo un puente vivo entre la Universidad y la Iglesia local, fortaleciendo su identidad evangelizadora y ofreciendo un lugar donde la fe dialogue con la vida real, donde cada persona pueda sentirse escuchada, acogida y acompañada.
Por Pedro Alexander Robles Jopia
Ingeniero Civil en Computación e Informática – Director de Biblioteca UCN
La Universidad Católica del Norte, a lo largo de su historia, ha sido un espacio de encuentro, formación y transformación para miles de estudiantes, académicos y trabajadores de nuestra región. En este contexto, resulta fundamental reflexionar sobre el compromiso institucional y personal con el bien común, así como sobre la importancia de avanzar hacia espacios sostenibles y socialmente responsables.
Como integrante de esta comunidad universitaria desde la década de los 90, he sido testigo del crecimiento y maduración de nuestra casa de estudios. Mi experiencia personal, desde mis orígenes en una familia de escasos recursos hasta asumir la dirección de la Biblioteca UCN, ha estado marcada por desafíos, oportunidades y, por sobre todo, por la profunda convicción de que Dios nos guía y sostiene en cada etapa de la vida.
Vengo de una familia de escasos recursos de la ciudad de Calama. Nací y crecí en tiempos difíciles, en la década de los 70 y 80, cuando muchas veces la comida no alcanzaba para todos en la mesa. Vi a mis padres esforzarse hasta el límite, de sacrificarse muchas veces para darnos su comida para que nosotros, sus hijos, pudiéramos crecer y soñar. Gracias a ese sacrificio y a la providencia de Dios, pude ingresar a la Universidad Católica del Norte en los años 90.
Mi paso por la carrera de Ingeniería Civil, y luego Ingeniería Civil en Computación e Informática, marcó profundamente mi vida. Encontré grandes amistades y forjé un gran cariño por esta institución, que se volvió mi segundo hogar. Recuerdo las salas de madera, el bar lácteo, las largas esperas para conseguir un libro en la biblioteca, las esperas para recuperar los códigos de programación impresos en CECUN… Tanto yo como la universidad fuimos madurando y creciendo en el tiempo.
Al principio, todo era voluntad y cariño, más que recursos y organización. Muchos de los que aún seguimos aquí, sentimos que la UCN es parte de nuestra historia y vocación. He visto la mano de Dios guiando mi camino y el de esta universidad: su bondad nos ha traído hasta aquí, haciéndonos instrumentos para el bien común en nuestra región.
Compromiso: Ser prójimos y buenos samaritanos
Este recorrido personal me ha enseñado el valor del compromiso: no solo con los estudios o el trabajo, sino con las personas que Dios pone en nuestro camino. La parábola del Buen Samaritano (Lucas 10:25-37) nos llama a no pasar de largo ante el sufrimiento, sino a detenernos, escuchar y actuar. En la UCN existen personas y unidades que ponen todo su cariño y esfuerzo para acompañar a estudiantes y colegas en sus luchas personales, aprender que cada gesto de ayuda es semilla de fraternidad. Porque “la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma” (Santiago 2:17).
Custodios de la creación: Hacia espacios sostenibles
Pero este compromiso va más allá de las personas: se extiende también al entorno que habitamos. “Tomó, pues, el Señor Dios al hombre y lo puso en el huerto de Edén, para que lo cultivara y lo cuidara” (Génesis 2:15). A lo largo de los años he visto cómo la UCN ha apostado por crear espacios verdes, jardines, sistemas de ahorro de agua y energía, e incluso paneles solares. Todo esto no es solo modernización; es un acto de responsabilidad y amor por la casa común, como nos enseña la Palabra: “Del Señor es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan” (Salmo 24:1).
Vivimos tiempos difíciles, “días de vacas flacas”, como decían mis padres, pero el Señor siempre provee para quienes confían y le sirven. La sostenibilidad no es un lujo, sino una exigencia ética y evangélica: cuidar nuestro campus, nuestros espacios de trabajo, recursos y nuestra tierra es también cuidar a los que vendrán después de nosotros.
Un llamado y un agradecimiento desde la biblioteca
En este camino, no puedo dejar de agradecer a Dios en primer lugar, y también al Dr. Raúl Jiménez Alarcón, Doctor en Matemática Aplicada, quien confió en mi persona para asumir la dirección de Biblioteca. Sé que no fue una decisión fácil, considerando los grandes desafíos que hoy enfrentan las bibliotecas: la baja en la lectura de libros, tanto literarios como técnicos, y la aparición de muchas alternativas para apoyar los procesos de aprendizaje y enseñanza.
Hoy más que nunca, los espacios de biblioteca deben transformarse: junto con ser lugares de estudio e investigación, también deben convertirse en espacios de encuentro, descanso, diversión y cultura. La biblioteca puede y debe ser ese punto de encuentro donde toda la comunidad universitaria se reconcilia con el saber, la creatividad y el diálogo.
Agradezco también la confianza puesta por los vicerrectores que han transitado en la Vicerrectoría Académica. No debo dejar de mencionar a los doctores Nelson Fernández Vergara y Martha Hengst López, quienes confiaron y confían en mi persona para liderar este hermoso desafío.
La UCN: Instrumento de Dios para el bien común
Hoy me siento profundamente agradecido: Dios me permitió formarme aquí y hoy me ha puesto en un lugar desde donde puedo contribuir al desarrollo regional y universitario, desde el mundo de las bibliotecas. Mi mayor anhelo es que la UCN siga siendo un espacio de oportunidades, crecimiento y fe para las futuras generaciones, así como lo fue para mí. Que nuestro compromiso y nuestra pasión se reflejen en cómo nos cuidamos unos a otros y en cómo cuidamos nuestro entorno, recordando el mandato de Jesús: “Este es mi mandamiento: Que se amen unos a otros como yo los he amado” (Juan 15:12) y haciendo vida las palabras del apóstol Pablo: “Ámense los unos a los otros con amor fraternal, respetándose y honrándose mutuamente” (Romanos 12:10). Porque cada pequeño acto de compromiso, cada esfuerzo por la sostenibilidad, cada gesto de amor al prójimo y a la creación, son maneras de ser buenos samaritanos en estos tiempos actuales.
“Y todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.” – Colosenses 3:23
Dra. Carolina Salinas Alarcón
Secretaria de Género
Universidad Católica del Norte – Sede Coquimbo
“Instrúyase a la mujer;
que no hay nada en ella
que le haga ser colocada
en un lugar más bajo
que el del hombre”.
(Gabriela Mistral)
Qué duda cabe que la historia de Universidad Católica del Norte es fruto del trabajo y esfuerzo de muchas personas. Muchas voluntades confluyeron para conformar lo que hoy es una institución con gran prestigio, referente en el norte de Chile y que está próxima a cumplir 70 años de trayectoria formando profesionales de gran calidad humana y profesional y encarnando los valores del humanismo cristiano.
En ese contexto, las mujeres han desempeñado un rol preponderante, aunque no siempre estuvo tan visibilizado y valorado como hoy. Género, ciencias y tecnología; género, conocimiento e innovación. Qué importante es juntar esas poderosas palabras llenas de significados y darse el tiempo para dialogar sobre esto.
¿Cuánto hemos aportado las mujeres y podemos aportar a la ciencia, la tecnología, el conocimiento y la innovación, si tenemos la oportunidad de hacerlo? Porque de eso se trata, ¿no? Se trata de generar las condiciones de igualdad, reconocer las brechas, las barreras socioculturales que muchas veces nos han puesto en un camino pedregoso, mirar cómo mujeres a lo largo de la historia hemos sido soporte de las sociedades, nos hacemos cargo de los trabajos que nadie quiere, que nadie mira, que nadie reconoce, el trabajo invisible y aun así, con todo en contra, generamos conocimiento.
Las instituciones son un espejo de la cultura, y como una institución permeable a las necesidades de su comunidad local, regional y nacional, desde el inicio las mujeres formaron parte de las salas de clases, como estudiantes de pregrado, como funcionarias de apoyo a la academia, y algunas más como académicas. Si bien no era tan frecuente verlas en ese rol, sí existieron y desarrollaron una labor muy importante para hacer posible la formación de profesionales, sobre todo en carreras vinculadas a la educación y a la salud.
No sería justo hablar de mujeres – UCN sin mencionar a Berta González, quien tuvo un rol decisivo para el campus en Antofagasta, o el aporte en Ciencias del Mar de Erika Fonck y en Teología de Anna Vandini. Recordar también que ha habido un largo caminar de mujeres que hicieron importantes aportes a la ciencia y el conocimiento y a la construcción de esta comunidad académica, para llegar a la primera Vicerrectora de Sede, Dra. Elvira Badilla Poblete, en Coquimbo; y actualmente a la primera Rectora, María Cecilia Hernández Vera.
Pero en este breve artículo, más allá de los nombres y aportes individuales, la invitación es a mirar lo colectivo, porque la Universidad Católica del Norte ha mostrado importantes avances en el proceso de la reducción de brechas de género y equidad. Y eso no es gratuito, ni casual; es el resultado del esfuerzo articulado de distintos equipos por cambiar la forma tradicional de hacer las cosas y avanzar a una forma más equitativa y más justa.
Desde lo colectivo, probablemente hubo muchas iniciativas en distintos momentos de este recorrido de 70 años. Dentro de las que podemos mencionar, está el Comité de Damas, cuya labor fue fundamentalmente asistencial; la Agrupación de Secretarias, que ha tenido un rol preponderante en la defensa de derechos, las condiciones de igualdad, la conciliación familiar y laboral y el buen trato; el Observatorio de Género, que permitió instalar el diálogo en un momento especialmente sensible para la comunidad; la Asamblea de Mujeres en la Academia, (AMA), en Antofagasta, que también han sido protagonistas de estos cambios.
La institucionalidad con la que hoy cuenta la UCN en materia de género fue fruto de todas esas personas. Parece que fue hace mucho, pero en realidad no fue hace tanto que un grupo de académicas y funcionarias se reunían en distintos espacios y horarios a conversar y soñar cómo sería tener un protocolo para la prevención de la violencia de género; cómo se podía acompañar a las estudiantes que pedían espacios libres de acoso, libres de comentarios sexistas para poder estudiar tranquilas; por qué vías podíamos instalar las conversaciones en los diferentes espacios académicos para generar condiciones de igualdad. Porque ese siempre fue el espíritu: la igualdad de derechos, de oportunidades, de participación. Nada más, pero nada menos.
Y así, por ahí por el 2016 (y en adelante), un grupo de académicas de distintas disciplinas y sedes se juntaron con estudiantes y funcionarias de apoyo a la academia, para dialogar sobre estos temas y mover la estructura institucional en favor de la equidad. Siempre en forma articulada y colaborativa, porque sabían que para este camino se necesitaban y tenían que trabajar unidas. Los cambios culturales no son fáciles.
De todas formas, siendo pocas (apenas un puñado) entre idas y vueltas, viajes, discusiones, pasos adelante y pasos atrás, se fue dando forma al primer protocolo para prevención, investigación y sanción en caso de violencia de género (2019) y posteriormente, a la Dirección y Secretaría de Género (2020), la incorporación de contenidos de género en las cátedras de formación general, cursos electivos, talleres y conversatorios.
Pero todos estos avances no los alcanzaron solas. Hubo algunos y algunas cómplices, en cada unidad, que iban aconsejando, abriendo espacio y atreviéndose a estar del lado de los avances en equidad. Cada pequeño paso constituyó un hito más en este proceso.
El curso Género, Derechos Humanos e Inclusión; el Diplomado: Género y Desafíos Sociales; la creación de la Dirección y Secretaría de Género; la actualización del protocolo; el programa del SernamEG Buenas Prácticas laborales con perspectiva de género; los Encuentros Interuniversitarios de la región de Coquimbo; la formación de monitores para la prevención de la violencia; el Mural del 8M en ambos campus; las Ferias de Mujeres Emprendedoras UCN; las Ferias Preventivas contra la Violencia de Género; la adjudicación del Proyecto Ines de Género UCN; y tantas iniciativas más. Todas ellas fueron relevantes porque se soñaron desde el inicio, entre café y café. Anhelábamos una colaboración interdisciplinaria para dar respuesta a la necesidad de una UCN más justa, más equitativa, mejor.
El recorrido de la historia reciente de la UCN, que ha permitido tener hoy una institución con mayor estructura para hacerse cargo de la equidad de género, tiene grandes desafíos futuros.
El contexto actual constituye un riesgo para los derechos alcanzados y pueden volver a cuestionarse frente a una crisis social, económica o política. Por otra parte, aún persisten algunas brechas que queremos mirar de frente y descubrir el camino para acortarlas o erradicarlas, sobre todo en las carreras STEM. Sabemos que el talento no tiene género y el desarrollo sostenible de los pueblos, también requiere de la otra mitad de su población.
Asimismo, el desafío de un Chile que envejece, es mejorar las condiciones para la conciliación de la vida personal, familiar y laboral, para que las familias no tengan que elegir si tener hijos o desarrollarse profesionalmente; y la violencia de género constituye aún una pandemia que como cultura no logramos reducir o erradicar.
No obstante, podemos alegrarnos y reconocer los logros alcanzados, sostenerlos y defenderlos para no retroceder, como corresponde a una institución que se declara inclusiva y abraza libertad, el respeto, la justicia, la verdad, el compromiso social y la responsabilidad medioambiental como valores fundamentales de su quehacer.
Finalmente, es un hecho que el destino de la Universidad Católica del Norte escribirá una historia distinta, una equitativa, con más y mejores oportunidades para toda su comunidad, una historia con una declaración explícita contra la violencia y con instrumentos para erradicarla. Seguramente, si Hipatia de Alejandría, Marie Curie, Ada Lovelace, Katherine Johnson, Radia Perlman, Gabriela Mistral, Berta González, Erika Fonck y Paulina Gutiérrez Zepeda, solo por nombrar algunas, pudieran ser testigos de estos avances, estarían sonriendo al ver que estamos abriendo caminos para las mujeres que están y las que vendrán.
por Rodolfo Schmal S. (*)
Llegué a Arica contratado por la Universidad del Norte en agosto de 1974, luego de casi un año buscando trabajo. A raíz del golpe del 73, la unidad donde trabajaba en el Banco Central de Santiago, la Secretaría de Relaciones Económicas Externas (SEREX) fue suprimida el mismísimo 11 de septiembre. Justo ese día celebraba mi segundo aniversario de matrimonio. Había egresado como Ingeniero Civil Industrial de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile. Enviaba mi currículo a distintas empresas que ofrecían puestos de trabajo en los medios de comunicación, sin obtener respuesta alguna. Convencido de que me encontraba en una lista negra, empecé a sentir el síndrome del perseguido. Eran tiempos bravos.
Con el propósito de extirpar el cáncer marxista, en las universidades los rectores designados por el gobierno militar se encontraban exonerando profesores, ya sea por tener un sello marxista o izquierdista, y/o estar adscritos a unidades académicas que se estaban eliminando por calificarse como innecesarias o conflictivas. De allí que, lentamente, cada vez más universidades estaban empezando a efectuar llamados a concurso para plazas docentes que habían quedado vacantes, las que debían llenarse para restablecer la docencia a las distintas carreras. Todo esto, dentro del marco de recuperación de la actividad académica, particularmente la docente.
Es así como empiezo a postular a tales concursos, aprovechando una experiencia docente como ayudante desde mi segundo año de ingeniería, y como profesor auxiliar en mis últimos años en la Universidad de Chile. Uno de esos llamados provenía de la Sede Arica de la Universidad del Norte. Allí se requería un profesor de Estadísticas, asignatura que estaba impartiendo en Santiago, en la Universidad de Chile como profesor auxiliar.
Soy entrevistado en Santiago, en una de las oficinas de la Casa Central de la Pontificia Universidad Católica de Chile por quienes eran el director académico, Enrique Correa, y el profesor del Departamento de Matemáticas y Física (DMF), Mario Alvarado, en representación del director, que en la época era el profesor Freddy Veas. Sorteo con éxito ambas entrevistas.
Así fue como llegué al DMF para impartir los cursos de estadísticas que solicitaban departamentos que tenían carreras a su cargo. En esos tiempos no existían facultades ni escuelas, tan solo departamentos. El DMF estaba conformado, entre otros, por su director Freddy Veas, Mario Alvarado, Washington Mansilla, Gonzalo Masjuan, Eward Trigo, Víctor Sánchez, Jaime Rodríguez, Yanko Ossandón, Benjamín Cordero, Miguel Schönfeldt, Verónica Rey Más, Fresia Zúñiga, Edmundo Lazo y David Lazo.
Poco tiempo después de mi arribo, se resuelve disolver el DMF, distribuyéndose las asignaturas que impartía entre los departamentos que estaban a cargo de las carreras que requerían tales servicios docentes. Me destinan, junto con Yanko Ossandón y Miguel Schönfeldt, al Departamento de Administración y Economía (DAE), donde me encuentro con Ángel Awad, su director, Raúl Díaz, Amparo Núñez, Jaime Díaz, Ángel Henríquez, Pablo Jiménez, René Labraña y Carlos Valencia, entre otros.
En esos tiempos el Vicerrector de la Sede Arica de la Universidad del Norte era Sergio Giaconi, uno de los fundadores de la carrera de Ingeniería Comercial. Poco después arriba Cristian Ghymers, economista belga, en el marco de las relaciones existentes entre la Universidad del Norte y la Universidad de Lovaina.
En 1976, con motivo de denuncias de atropellos a los DDHH desde sectores vinculados a la Democracia Cristiana y la Iglesia Católica, el Cardenal Raúl Silva Henríquez resuelve crear la Vicaría de la Solidaridad como instancia de protección y apoyo a quienes estaban siendo afectados. El régimen imperante reacciona, generándose una crisis política que se expresa en la marginación de quienes eran militantes o adherentes demócrata cristianos. Estos, si bien en un inicio habían respaldado al régimen, posteriormente, con motivo de las actuaciones y consecuencias de organismos secretos (DINA) dependientes del gobierno, fueron adoptando posturas crecientemente críticas. Su impacto en la Universidad del Norte se expresa en la destitución del Vicerrector en la Sede Arica, Sergio Giaconi, y en el de los académicos del DAE, Ángel Awad, René Labraña y Carlos Valencia. No eran menores las consecuencias que en el seno de la universidad estaban generando los despidos y las difíciles circunstancias sociales y económicas que estaban viviendo las familias de los estudiantes.
Dentro de las personas más recordadas y queridas en Arica se encuentra el sacerdote jesuita Juan Valdés, quien bautizó a mis dos hijos. Juan Valdés estuvo a cargo de la pastoral universitaria en la década de los 70, en una Universidad del Norte intervenida y con un rector designado. Le tocó vivir un tiempo de gran efervescencia política y una compleja realidad socioeconómica que enfrentó con resistencia ética y acompañamiento crítico, priorizando la defensa de los DDHH y la libertad académica. Un período en el que procuró, con santa paciencia y llevando la palabra de Cristo, amortiguar conflictos, dar consuelo y esperanza entre estudiantes, administrativos y académicos. Amparó y medió siguiendo a Cristo. Dejó un recuerdo que perdura hasta la actualidad, al contribuir a una formación espiritual contextualizada a la realidad que se vivía en la comunidad universitaria. Aportó humanidad allí donde reinaba inhumanidad, expresó cercanía donde imperaba lejanía, dio la cara cuando no se daba, escucha a quienes no eran escuchados, dedicación a quienes no eran atendidos, procurando en todo momento una formación de personas comprometidas socialmente.
Se le atribuye la expresión de que “no sirve de nada un título si no hay un corazón que lata por el prófugo y el pobre”. Pedía a los estudiantes no olvidar la misión que se les ha dado, invitándoles a que “no se dejen seducir por el título, sino por el servicio”. Son muchos los estudiantes que lo recuerdan con cariño. Promovió jornadas, retiros, trabajos voluntarios, misiones en apoyo a necesidades materiales y espirituales en distintos barrios de Arica y de Azapa y Lluta. Apoyándose en las encíclicas sociales de la Iglesia, su presencia fue refugio y espacio de diálogo y deliberación en tiempos en que estaban fuertemente cercenados.
Fueron tiempos en los que el mundo cristiano empezó a levantar la voz ante las desapariciones, torturas, asesinatos y exilios que se estaban dando a conocer públicamente. Desde la Casa Central de la Universidad del Norte en Antofagasta, es impuesto un nuevo Vicerrector, Félix Viveros, dentista, reservista del Ejército, quien en no pocas ocasiones llegaba a la universidad en uniforme de combate. El DAE es renovado con savia nueva de sus propias entrañas, que complementan a quienes ya estaban. Allí están Juan Iglesias, Alda Acevedo, Norman Reyes, Julio Gaete, Benedicto Colina, Jorge Pérez Barbeito, Héctor Cáceres y Alexis Gutiérrez. Por sugerencia de este último, se inicia un proceso de capacitación MBA en el extranjero por parte de algunos académicos.
En reemplazo de Ángel Awad llega un nuevo director, Pedro Arriagada, economista traído desde las alturas de Santiago. Dura poco. Eran tiempos en que las universidades eran distribuidas entre militares, marinos, aviadores y cómplices civiles. La Universidad del Norte había sido asignada a los marinos.
Junto con Yanko Ossandón, en el DAE empezamos a hacernos cargo de los primeros cursos de computación, sin tener computadores. Eran los tiempos de las tarjetas perforadas, las de la Polla Gol, de los mazos de tarjetas que partían al Centro de Computación que la Universidad del Norte tenía en Antofagasta (CECUN), en tiempos cuyo director era Gerardo Vergara. Allá tenían un equipo IBM 1130, en una gran sala especialmente acondicionada para estos efectos. Los primeros cursos de lenguaje de programación eran en FORTRAN, para posteriormente complementarlos con COBOL.
En un semestre a duras penas se alcanzaba a procesar un programa computacional. Partían las hojas de codificación de los alumnos y en CECUN sus secretarias se encargaban de traspasar su contenido a tarjetas de codificación, mediante máquinas perforadoras de tarjetas. Por cada programa escrito en las hojas de codificación se trasladaba a un mazo de tarjetas perforadas, el que era ingresado a una unidad lectora de tarjetas para su compilación y eventual ejecución, si el programa estaba “bien” compilado. Es así como regresaban a Arica los mazos de tarjetas con los programas “compilados”. Todo esto tomaba semanas, y siempre llegaban con errores, ya sea de perforación, de interpretación, de compilación o de ejecución. Toda una odisea de la cual son testigos los alumnos de entonces. Y los errores había que buscarlos, identificarlos y corregirlos.
Así, los programas iban a Antofagasta y regresaban a Arica a paso de tortuga. Es así como con Yanko en más de una oportunidad viajamos a Antofagasta para acelerar este proceso. Eran tiempos de viajes por tierra, los fines de semana, sin presupuesto, sin viáticos. Tiempos de colonización computacional. Para el fin de cada semestre, para aprobar, exigíamos que los alumnos tuviesen sus respectivos programas ya ejecutados correctamente. Se acercaba el término del semestre y los programas seguían arrojando errores, no entregando los resultados esperados en base a los datos de entrada que se tenían.
Es así como en más de una oportunidad, con los cursos completos, de las carreras que estaban bajo la responsabilidad del DAE (Ingeniería Comercial y Contaduría), organizábamos viajes a Antofagasta, para allá, “in situ”, corregir los errores detectados y así avanzar más rápidamente. Alojábamos en escuelas, durmiendo en sacos de dormir, en el suelo. Ya no recuerdo cómo ni dónde nos alimentábamos. Éramos jóvenes, sentíamos que teníamos toda una vida por delante. Viajábamos toda una noche, procesábamos y corregíamos los programas en el día, dormíamos, y al otro día seguíamos en eso. Luego, regresábamos a Arica, también por tierra, con los programas ya compilados y ejecutados correctamente, con la íntima satisfacción del deber cumplido. Tiempos heroicos, sin pandemia, cuando no existían bonos, ni ayudas de ningún tipo. ¡¡Todo por Cristo Nuestro Señor!!
Tiempos inolvidables, forjados a punta del esfuerzo de alumnas y alumnos a quienes con honda satisfacción veo y sigo sus pasos a la distancia. Mujeres y hombres de bien, profesionales a carta cabal. A los próceres de entonces los recuerdo nítidamente, no así sus nombres. Aun a costa de ser injusto, nombraré a quienes sí recuerdo de esos años dorados: Marcelino Garay, Yamil Jorrat, Edmundo Urra, René Solar, Juan Carlos Gandolfo, Leyla Farah, Aulis Tornero, Teresa Fernández, Marisol Correa, Teresa Fernández, Gonzalo Muñoz, Mauricio Néspolo, Santiago Arata, Ernesto Cellino y Julio Burich.
A pesar de los esfuerzos por independizarnos del CECUN en Antofagasta, para tener un equipamiento computacional propio en Arica, la gran conquista alcanzada a fines de los años 70 no fue otra cosa que la compra de una máquina perforadora de tarjetas, la que nos permitía perforar localmente los mazos de tarjetas, que posteriormente remitíamos a Antofagasta para su procesamiento en CECUN. Esto ayudó a acelerar los procesos. Es así como se logró que, en los semestres sucesivos, en vez de alcanzar a procesar un programa computacional cada semestre, pudiésemos ejecutar dos programas por alumno en un semestre. Para estos efectos, se crea el Área de Computación, que nace de las entrañas del DAE, pero que a poco andar pasó a depender directamente de la Vicerrectoría de Sede, en esos años en manos de Félix Viveros. Pero Arica seguía sin tener computadores. Ni la universidad, ni la municipalidad, ni en las empresas privadas tenían computadores. No existían en Arica.
Así y todo, disponer de una máquina perforadora de tarjetas constituyó todo un hito, dado que pudimos dejar de enviar los programas computacionales escritos en hojas de codificación. Ahora, los traspasos de los programas, desde las hojas de codificación a tarjetas perforadas podían ser realizados en Arica, aliviando la carga de trabajo en Antofagasta y aumentando el número de veces que un mismo programa podía compilarse hasta que saliera sin errores para su ejecución. Esa fue la “independencia” alcanzada.
No olvidemos que eran tiempos de procesamiento en modalidad por lotes, tiempos en los que no se vislumbraba el procesamiento en línea. Es así como todas las semanas remitíamos cajas con mazos de tarjetas, cada uno debidamente individualizado, que al cabo de una semana retornaban bien o mal compilados y ejecutados, para ser reenviados una y otra vez hasta que el programa fuese bien ejecutado, arrojando los resultados esperados para los datos de entrada dados.
En una ocasión nos llegó un reclamo desde CECUN, porque la máquina lectora de tarjetas se había estropeado a causa de un mazo de tarjetas defectuosas. Efectuada la investigación de rigor, se constató que al alumno responsable del mazo se le habían mojado las tarjetas, y no encontró nada mejor que ponerlas a secar al Sol sin decirnos nada. Es así como el mazo partió a Antofagasta, con sus tarjetas secas, pero distorsionadas por la humedad, que al pasar por la lectora, no fue capaz de “leer” las tarjetas. Este hecho nos forzó a reforzar los controles para evitar nuevos bochornos.
Recién en 1982, después de la fusión de las sedes Arica de la Universidad del Norte y la Universidad de Chile, la nueva universidad, la Universidad de Tarapacá, logra tener su primer computador, un equipo Digital PDP-11/34 con 128 Kb de memoria RAM. Pero esta ya es otra historia.
(*) Bachiller en Ciencias de la Ingeniería, Ingeniero Civil Industrial, U. de Chile; Magíster en Informática, Universidad Politécnica de Madrid, España. Ha sido académico de las Universidades de Chile, del Norte, de Tarapacá y de Talca; y fue Director de ZOFRI S.A.
Testimonios:
La historia de la Universidad Católica del Norte no solo se escribe desde sus aulas, laboratorios y proyectos académicos; también se construye día a día desde el trabajo silencioso, constante y comprometido de quienes sostienen su funcionamiento interno. En ese caminar, la Agrupación de Secretarias, hoy Agrupación de Secretarias y Encargadas, ha sido y continúa siendo un pilar humano fundamental en la vida universitaria de la Sede Coquimbo.
Desde su creación en diciembre del año 2000, la Agrupación nace como un espacio de encuentro, reconocimiento y apoyo mutuo entre mujeres que, desde distintos roles administrativos, comparten una profunda vocación de servicio. A lo largo de los años, cada directiva ha impregnado un sello propio, enriqueciendo el espíritu de la organización y contribuyendo no solo a su fortalecimiento interno, sino también al engrandecimiento de la Universidad en su conjunto. Esta continuidad, basada en el respeto por la historia y la apertura a los cambios, ha permitido que la Agrupación evolucione junto con la institución que la acoge.
Hoy, la Agrupación alberga a 40 mujeres provenientes de diversas unidades de la Universidad Católica del Norte, Sede Coquimbo, reflejando la diversidad y complejidad que ha adquirido el quehacer administrativo universitario. El tradicional rol de secretaría ha ido perfeccionándose y ampliándose en el tiempo, integrando a Encargadas Administrativas, Encargadas de Administración y Finanzas y Encargadas de Carrera, profesionales que cumplen funciones estratégicas para la gestión académica y administrativa, y que responden a los desafíos de una universidad moderna, dinámica y en permanente crecimiento.
El sello que distingue a nuestra Agrupación es la solidaridad, el compañerismo y el compromiso colectivo. Valores que se expresan tanto en el apoyo cotidiano entre colegas como en la forma en que cada una desempeña su labor con responsabilidad, dedicación y orgullo institucional. Detrás de cada trámite, coordinación, atención y proceso administrativo, hay una funcionaria que entrega lo mejor de sí, entendiendo que su trabajo impacta directamente en la experiencia de estudiantes, académicos y autoridades.
Mirando hacia el futuro, como Agrupación esperamos que el perfeccionamiento y el desarrollo de la Universidad Católica del Norte vayan siempre de la mano con el reconocimiento, la valoración y el fortalecimiento de nuestra profesión. Creemos firmemente que el crecimiento institucional se construye de manera integral, considerando a las personas como el corazón de la Universidad. En ese camino, seguiremos aportando con convicción, sentido de pertenencia y vocación, siendo parte activa de la historia viva de la UCN y de los desafíos que los próximos años nos inviten a asumir.
Ana María Bandini
Era noviembre de 1970 cuando llegué por primera vez al Campus Miraflores de la UCN, desde entonces han pasado 50 años. Hemos recorrido un largo camino y quiero compartir con ustedes algunos de los momentos más significativos que dan cuenta del trabajo realizado por los equipos que, lentamente se formaron y que fueron orientados y animados por el fundador de lo que en ese momento era el Centro de Investigaciones Teológicas, Padre José Brito Olivares. Desde los comienzos, existió una permanente preocupación por desarrollar una presencia activa, no solo dentro de la universidad, sino también en la diócesis, pedida y respaldada por el entonces Arzobispo de La Serena, Monseñor Juan Francisco Fresno Larraín. Se vivía la época del pos-Concilio, de Medellín y Puebla, las comunidades estaban en todo su apogeo, pero necesitaban de formación y apoyo.
En este breve recorrido es posible reconocer los esfuerzos sostenidos del CIT por desarrollar un diálogo y una acción directa con los diferentes estamentos de la Pastoral Diocesana como la formación para laicos, para profesores y catequistas, la formación de los diáconos y el acompañamiento de las CEB. Una de estas tareas pastorales fue la organización del día en que todas las CEB de la diócesis, que se reunían el 15 de agosto en el Colegio de los Sagrados Corazones de La Serena. Otra fue la organización del Sínodo Diocesano con la elaboración de las fichas que acompañaban dicho sínodo, la organización de las diaconías en cada parroquia.
Revisando este camino podemos apreciar una línea de continuidad que articula los distintos momentos y da cuenta del trabajo realizado por los equipos en cada época. Desde el inicio, existió una permanente preocupación por abrir el horizonte más allá de las fronteras regionales. De hecho era patente a nivel de Iglesia una preocupación pastoral urgente: la falta de profesores preparados para las clases de Religión en los colegios fiscales. El equipo del Centro de Investigaciones Teológicas acogió esta inquietud y la convirtió en una realidad. De hecho y, en colaboración directa con el CPIEP del Ministerio de Educación, el equipo del Departamento asumió la enorme tarea de preparar un curso por correspondencia, “Mención” en religión, dirigido a los profesores de enseñanza básica para habilitarlos para la clase de religión. El primer paso fue establecer convenios con los obispos de cada diócesis, los cuales asumían la responsabilidad de subvencionar la mitad del valor del curso por cada profesor de su diócesis. El Curso Mención partió en la Cuarta Región: Coquimbo, La Serena, Ovalle e Illapel. Luego se extendió al norte hasta Arica y, en un tercer momento, hasta Punta Arenas. El equipo del Departamento asumió el desafío de elaborar los treinta libretos de contenido, donde primaban los principios teológicos de Vat II , Medellín y Puebla, acompañados por una metodología muy avanzada para esa época, la del Ver-Juzgar y actuar de Paulo Freire. El equipo del Centro de Investigaciones Teológicas tenía a cargo también la formación de los coordinadores locales de cada diócesis, por lo que había una permanente comunicación y contacto directo con cada equipo diocesano. La Mención se extendió desde Arica hasta Punta Arenas, alcanzando en un momento un total de 2149 alumnos. El proyecto tuvo una duración de diez años. Paralelo a este curso, el equipo creó también un curso de formación bíblica, que se extendió en la IV región, alcanzando un total de 450 alumnos.
Recorriendo esta historia es posible también constatar que la dimensión social estuvo presente en forma concreta a través del tiempo. Fue así como en el año 1976 el equipo del CIT creó el Centro de Desarrollo Rural CDR, creando un fuerte lazo de colaboración y actividad con las fuerzas laborales locales en diferente ámbitos. El primer grupo interesado en ese proyecto fueron los algueros de la Playa Changa de Coquimbo, que se encontraban en un momento complicado en cuanto a la ubicación de sus viviendas y la extracción de las algas. El segundo grupo fueron los extractores de machas de la Caleta de San Pedro, que también atravesaban un período difícil, precisamente en la extracción de machas. El Proyecto les ofreció una alternativa de trabajo con la plantación de claveles de exportación. Paralelo a esto, el CIT asumió la responsabilidad de formar a los dirigentes locales para que en un breve plazo estuvieron en condiciones de llevar el Proyecto de manera autónoma. El tercer grupo fueron los campesinos de Pan de Azúcar; este proyecto se llevó a cabo en colaboración con Shalóm, Institución dependiente del Arzobispado de La Serena.
A medida que avanzaba la historia aparecían nuevos desafíos que el CIT intentó siempre asumirlos. Uno de ellos fue el problema de los profesores que trabajaban sin título. El Ministerio de Educación les ofreció la oportunidad de regularizar su situación en un plazo de 3 años. Una vez más, el CIT asumió el compromiso de diseñar, elaborar y concretizar el curso de regularización de título para los profesores de religión, curso que tuvo un éxito muy grande tanto en Coquimbo y La Serena, pero de manera especial en Ovalle. Paralelo a esta actividad se iniciaron los Pos-Títulos y Diplomados, como Postítulo Profesor de Religión, Postítulo de Orientación Educacional, Magíster en Teología Pastoral, Diplomado en Estudios Teológicos, y Diplomado en Orientación Educacional.
Y luego vinieron las carreras, algo que, pensándolo ahora, parece bastante increíble porque, haciendo memoria de la época, no se puede olvidar el hecho de que cuando en la Universidad asumieron los rectores delegados, una de sus primeras acciones fue suprimir todas las pedagogías, eliminando de raíz todas las ciencias humanas. No olvidemos tampoco que cuando la universidad funcionaba en la calle Miraflores se impartía la carrera de Educación Básica, que fue suprimida como todas las demás. A pesar de esta política, y prácticamente de ir en contra corriente, el CIT fue capaz de crear primero la carrera de Licenciatura en Ciencias Religiosas para los seminaristas de la diócesis y de todo el Norte de Chile, y posteriormente la Pedagogía en Filosofía y Religión para los profesores de Enseñanza Media.
Finalmente, en el campo de la formación de profesores, el año 2022 el Departamento creó la Escuela de Educación, con la carrera de Pedagogía en Educación Diferencial.
Hoy, la Escuela de Educación ha logrado la mayoría de edad, es una unidad independiente con dos carreras: Pedagogía en Filosofía y Religión, y Pedagogía en Educación Diferencial.
Carlos Contreras Ortega
La Generación de Autoridades hasta Marzo 1990. La Universidad Católica del Norte, UCN, no siempre se llamó así. En efecto, comenzó llamándose Universidad del Norte, UN. Fue fundada por un grupo de sacerdotes de la Compañía de Jesús, con el apoyo de la entonces Universidad Católica del Valparaíso, hoy pontificia (PUCV). Su fundación fue el 31 de mayo de 1956. Su Rector Fundador fue Gerardo Claps Gallo, exsacerdote jesuita, cargo que ejerció entre 1956 y 1960. Desde el año 1961 hasta el año 1969 le sucedieron en el cargo de rector, un laico y cuatro sacerdotes, cuyos nombramientos dependían del Arzobispado de Antofagasta, previa aprobación de la Santa Sede. El año 1969 el rector fue elegido por toda la comunidad universitaria, siguiendo las directrices de la Reforma Universitaria (1967-1970), adoptada por las 8 universidades existentes en el país. Tal reforma consideraba la participación de académicos, estudiantes y funcionarios, cada uno con un peso electoral ponderado, en la elección del Rector, de Decanos y de Directores de Departamentos. En la UN esa ponderación fue de 40%, 40% y 20%, respectivamente1. Los mismos reglamentos fijaban la composición, ponderada, de cada estamento en los distintos organismos colegiados: Consejo Superior, Consejos de Facultad y Consejos de Departamento. Para tal efecto, cada estamento elegía a sus representantes en esas instancias, todos con derecho a voz y voto. El único rector que alcanzó a ser elegido bajo esta modalidad fue Miguel Campo Rodríguez, arquitecto, quien se desempeñó en su cargo el hasta el 11 de septiembre de 1973. Desde esa fecha hasta 1980 el cargo fue ocupado por dos coroneles de Ejercito, en retiro, y desde 1980 hasta fines de 1989 por el contralmirante, en retiro, Jorge Alarcón-Johnson. Hasta el 11 de marzo de 1990, ocupó el cargo Yerko Torrejón Koscina, civil, abogado. Todos ellos designados como rectores delegados de la Junta Militar de Gobierno.
Las Organizaciones Universitarias en el Gobierno Cívico-Militar. La situación que se vivió antes, durante y después del Golpe de Estado cívico-militar, fue prácticamente la misma que se vivió en todas las universidades del país. Fui testigo y actor de lo ocurrido en la Universidad de Chile, en Santiago. Los testimonios que se dan de lo ocurrido en la UN así lo confirman1,2.3. A saber, hasta un día antes del 11 de septiembre de 1973, los distintos estamentos universitarios y los diversos movimientos y partidos políticos, desde la derecha a la izquierda, realizaban una bullente actividad cultural y política, con amplia libertad de expresión y, salvo contadas excepciones, de respeto mutuo. Esos mismos testimonios relatan lo ocurrido el mismo 11 de septiembre de ese año y semanas después: delación, encarcelamientos, torturas, fusilamientos, desaparición de personas, etc., tanto de académicos como de estudiantes y de funcionarios. Relatan esos testimonios cómo desaparecieron unidades académicas completas, principalmente de las áreas de ciencias sociales y de arte, y cómo sus académicos fueron exonerados. Obviamente, se terminó con la participación de la comunidad universitaria en las elecciones de autoridades y los debates en sus organismos colegiados. Los sindicatos debían restringir sus acciones solo a lo gremial y los centros y federaciones de alumnos fueron prohibidos, así como todo otro tipo de asociación; obviamente, todos los partidos políticos, que se organizaron para actuar desde la clandestinidad. Todas las autoridades inferiores al Rector fueron designadas por la autoridad inmediatamente superior, pero con la anuencia de la Rectoría. Esas limitaciones a la libertad, con represiones más selectivas en el transcurso de los años, se mantuvieron en los 17 años de dictadura cívico-militar. A pesar de ello, sin embargo, el año 1983 los estudiantes de la UN lograron elegir democráticamente una federación de estudiantes, disidente de las organizaciones sostenidas por el gobierno de la universidad. En 1983 y 1984 esta federación y centros de alumnos también disidentes, comenzaron a realizar manifestaciones dentro y fuera de la universidad, sumándose a movimientos similares de los estudiantes de la Universidad de Antofagasta, UA3a. Los académicos, por su lado, intentaron, el año 1984, formar una asociación que los representara, pero el proyecto fue abortado por la interferencia de las autoridades de la universidad y de grupos políticos adherentes al régimen. En ese mismo tiempo, los servicios de seguridad del Estado comenzaron a detener e interrogar a los dirigentes estudiantiles y a destruir las instalaciones que la Federación de Estudiantes había levantado en la Universidad. Esta federación, democráticamente elegida, dejó de funcionar3b. Algo similar ocurrió en la UA, de donde fueron expulsados más de 800 estudiantes4a. La única información obtenida sobre lo ocurrido posteriormente en la UN, consigna que los estudiantes estaban organizados en centros de alumnos, elegidos de forma oficiosa, no reconocidos por la autoridad, con delegados a una organización más central, también formada de manera oficiosa. Recuerdo algunas acciones francamente osadas de los estudiantes, como aquellas llevadas a cabo durante los actos de las fiestas “mechonas” a las que asistí entre los años 1987-1989, así como también paros estudiantiles. En esos mismos tiempos se daban algunas arriesgadas intervenciones de académicos, particularmente en clases. La únicas organizaciones permitidas en esa época fueron el Sindicato 1, fundado el 29 de noviembre de 1966, y el Sindicato 2. Para este último se dan dos años de fundación: 5 de mayo de 1967 y 25 de julio de 19794b. Al momento del Golpe Cívico-Militar, ellos agrupaban indistintamente a funcionarios administrativos, de apoyo a la academia y de servicio y académicos. Muchos socios del Sindicato 2 se cambiaron al Sindicato 1 al momento del Golpe, temerosos de las represalias sufridas por algunos de sus socios, que fueron detenidos y hasta hoy desaparecidos4c. Eso confirmaría la primera fecha. La segunda se especula que puede corresponder a una refundación del Sindicato4b, lo que no ha sido posible verificar. Las actividades de estos sindicatos estaban restringidas sólo a cuestiones gremiales.
El Sindicato de Académicos y Profesionales de la Universidad del Norte. Me incorporo a la UN a comienzos del año 1987, habiendo ganado un concurso en el Departamento de Química de la Facultad de Ciencias. Concursé siendo académico de la Universidad Austral de Chile, en Valdivia, UACh, advertido por el decano de mi facultad de que sería sometido a un sumario administrativo por “participar en política y arrastrar en ello al resto de mis colegas”; la actividad aludida se refería a haber asistido a las asambleas de la Asociación Gremial de Académicos, donde di mi opinión un par de veces. Pero el Decano tenía más razones: sabía de mis opiniones políticas deslizadas en mi unidad y dadas abiertamente en una asamblea improvisada por los estudiantes, con presencia de académicos y funcionarios de la Universidad. El rector de la UACh era el Coronel de Ejército (R) Jaime Ferrer Foug.
Era ya el año 1988 y la lucha por la vuelta a la Democracia se acrecentaba cada vez más, entre otras cosas, animada por el triunfo en el plebiscito de octubre de ese año, de la opción NO; que no continuara al mando de la Nación el General de Ejército Augusto Pinochet. En ese contexto, todos los académicos el Departamento de Química visitamos al Obispo, Carlos Oviedo Cavada. Le planteamos la necesidad de dar término a los rectores delegados y que la Universidad volviera a la Academia, entendiendo con ello que también volvería a la Iglesia. Monseñor Oviedo nos señaló que debíamos esperar mejores tiempos. Entonces, junto con Jaime Llanos, Miguel Guzmán, Carlos Martínez, Ricardo Soto (Departamento de Matemáticas) y Wilfrefo Jimenes (Departamento de Física), principalmente, decidimos que no había que esperar más y nos dimos a la tarea de formar el Sindicato de Académicos y Profesionales de la Universidad del Norte; sería el primero después del abortado intento de 1984. Carlos García (Departamento de Química) nos puso en contacto con el abogado Felipe Valenzuela (más tarde sería elegido diputado), quien nos orientó en nuestros propósitos y nos asistió legalmente en lo que era posible en esos tiempos. Entre otras cosas, que nos constituyéramos como Sindicato y no como Asociación Gremial de Académicos como era la tendencia en otras universidades. Se pensó que eso nos daría algunas garantías gremiales; había que tomar todos los resguardos, aunque ahora parezcan ingenuos. Habría muchas anécdotas que contar al respecto, algunas de miedos y varias de imprudencias y de risas. Entre otras, las visitas, lo más disimuladas posibles, que hicimos con Jaime Llanos a algunos académicos para que nos acompañaran en las tareas iniciales. Algunas de las personas visitadas, y que nos había recomendado Francisco Hevia (Departamento de Química) como “seguros” receptores de la invitación, se mostraron “sorprendidas” por nuestra invitación y obviamente se negaron a participar. Habían fundados temores. Sin embargo, la idea se esparció prontamente por toda la universidad, constituyéndose formalmente como sindicato el 21 de Agosto de 1989, juntamente con la elección de su directiva y en presencia de un notario público y del abogado Felipe Valenzuela. Todo esto ocurrió en la Iglesia Madre de Dios, ubicada como hoy al frente de la Universidad y cuyo carácter religioso y cercanía física favoreció la llegada de las personas. El anfitrión fue el Padre Jensen. La Directiva estuvo integrada por Carlos Martínez, como Secretario; Tomislav Ostoic, como Tesorero; y Carlos Contreras como Presidente. La asistencia a ese acto fue masiva y su convocatoria fue clara: terminar con la autoridad designada y recuperar la Universidad para la Academia y la Iglesia. En otras palabras, unirse a la lucha por la Democracia. Esa fue la tarea en los meses siguientes.
En esto tuvimos una colaboración muy estrecha con el Presidente del Sindicato 2, Juan Fuentes Villegas, entonces funcionario de Biblioteca, Profesor de Historia y Geografía, titulado de la UN. Personas de todos los estamentos, convocados por sus respectivas organizaciones, marchamos dentro del campus y salimos a la calle, en forma entusiasta pero pacífica. Y detuvimos la Universidad más de una vez. Las reuniones del Sindicato de Académicos eran masivas y, si bien la mayoría eran académicos, también asistían funcionarios y estudiantes. Me correspondió como Presidente hacer discursos públicos en el Bar Lácteo, ubicado entonces al costado de Matemáticas; fuimos entrevistados muchas veces por la prensa, fotografías incluidas; tuvimos muchas reuniones con el Rector Alarcón-Johnson y su gabinete, todos muy jóvenes, claramente afines al régimen. Pero yo debía entrar solo a esas reuniones, con excepción de un par de oportunidades donde se me permitió ir con mis asesores, como él los llamaba. Fue cuando hubo que discutir un reajuste. Mis “asesores” fueron Rodemedil Ávila, de Economía; y Juan Music, de Ingeniería Civil, quien luego sería el primer Rector elegido en Democracia.
A fines de ese año el rector militar fue remplazado por un rector civil, también designado, Yerko Torrejón, abogado. Como directiva del Sindicato de Académicos tuvimos mucha actividad hasta marzo del 90: reuniones con este nuevo rector; con los parlamentarios recién electos, Felipe Valenzuela y Carmen Frei; entrevistas en la TV y reuniones con la Organización Nacional de Asociaciones Gremiales de Académicos, todas en Santiago. La Iglesia se decidió a trabajar con nosotros, sobre todo cuando se habló de la posibilidad de separar de la Universidad el Campus de Coquimbo, lo que abordamos con abogados de Antofagasta. Desde entonces nos reunimos regularmente con Monseñor Oviedo, en un ambiente de mucha cordialidad y cooperación. Por las actividades mencionadas, no tuvimos vacaciones ese verano del 90. Y valió la pena: de vuelta de vacaciones pudimos informar a la Asamblea de las gestiones realizadas en conjunto con el Arzobispado y los parlamentarios recién electos, y comunicarles que el Rector Delegado dejaría la Universidad y que esta volvería a la Iglesia. La asamblea recibió la noticia con un júbilo imaginable. Esto lo había dado a conocer el Rector Torrejón a Monseñor Oviedo, en días anteriores, y él me lo comunicó a mí. El Rector Torrejón me lo confirmó ese mismo día o al siguiente en una invitación que me hizo a la Casa Central. Hacía ya un tiempo que la autoridad delegada sabía del peso de los sindicatos en la universidad, particularmente del académico, y de ahí esta “deferencia”. También lo sabían los servicios de seguridad del régimen, que nos tenían “seguimiento”; para facilidad de ellos los presidentes del Sindicato de Académicos y del Sindicato 2, éramos vecinos. Junto con esa noticia, Monseñor nos solicitó a la Directiva un nombre para el nuevo Rector. Propusimos a Juan Music. No fuimos los únicos a quienes nos consultó. Días después nos comunicó la noticia de su nombramiento.
Juan Music quería comenzar su gobierno con decanos elegidos, quienes hasta el momento habían sido designados por el rector delegado. Para ello, organizamos elecciones para que ocurrieran antes del 11 de marzo, fecha en la que debería asumir la rectoría Juan Music. Estas elecciones fueron hechas de forma oficiosa, porque los reglamentos de elecciones habían dejado de existir. José Luis Santelices fue elegido Decano de la Facultad de Arquitectura y Construcción Civil; Teodoro Politis, Decano de la Facultad de Ingeniería; Sergio Hernández, Decano de la Facultad de Economía; Mario Cortés, Decano de la Facultad de Humanidades; y Carlos Contreras, Decano de la Facultad de Ciencias. No recuerdo las autoridades de Coquimbo. Mis excusas por eso. Juan Music designó a Tomislav Octoic como Vicerrector Académico, a Andrés Araya como Vicerrector Económico, y a Victoria González como Secretaria General. Nuestro compromiso, de palabra, fue que todos renunciaríamos una vez que la Comunidad elaborara sus Estatutos y el correspondiente Reglamento de Elecciones. Y así ocurrió una vez elaborados estos. La mayoría fuimos reelegidos.
El lunes 11 de marzo de 1990, alrededor de las 10:00 AM, en una ceremonia sencilla pero muy solemne, el Rector y luego los Decanos asumimos nuestros cargos. Una o dos horas más tarde asumió el cargo de Presidente de la República Don Patricio Aylwin Azócar. El país volvía a la Democracia. Y la Universidad a la Academia y a la Iglesia. Desde ese día, la Universidad del Norte pasó a llamarse Universidad Católica del Norte. Y los sindicatos a Sindicatos 1 y 2 de la Universidad Católica del Norte. Lo mismo el Sindicato de Académicos y Profesionales. Como me observó un joven colega, llama la atención que nuestro himno haga referencia a la Universidad del Norte y no a la Universidad Católica del Norte. Queda para otro artículo o nota.
Referencias
1La Universidad del Norte en Tiempos de Allende y el Golpe Militar del 11 de Septiembre. Las circunstancias que me envolvieron. José Antonio González Pizarro. pág. 143. En: Golpe de Estado en Chile. Miradas y reflexiones desde la Historia. David Aceituno Silva y Claudio Llanos Reyes, Editores. Julio 2025. Ediciones PUCV
2A 40 Años del Golpe de Estado en Chile. Tierra Nueva. Año 10-N°10-2013
3La Universidad Católica del Norte y los 50 Años del Golpe Militar. Ediciones Universitarias. Universidad Católica del Norte. 2023. 3aPág. 123. 3b Págs. 124-125
4aJaime Páez, 4cJuan Fuentes. Comunicaciones personales. 4bDatos obtenidos de META IA.
Andrea Gutiérrez Rojas
Uno de los más elogiados precursores del movimiento coral en el norte de Chile fue director del coro de la UCN durante casi cuatro décadas, período en el que formó generaciones de coralistas y dejó una huella profunda en la vida musical y espiritual de la institución.
Nacido en Arica, fue descrito como un “intelectual de la música” que dedicó su vida a documentar y promover la actividad musical en el Norte Grande.
Estudió en la Escuela Normal de Copiapó “Rómulo J. Peña Maturana”. Fue profesor de Música y Educación Física en el Instituto Superior de Comercio Antofagasta (ISCA). Junto con dirigir el Coro de la Universidad del Norte fue profesor de Piano, Teoría y Solfeo, Apreciación Musical e Historia de la Música en el Conservatorio Regional de Música Armando Moraga de Antofagasta.
En 1968 asume la dirección del Coro Polifónico de la UCN y logra situar a esta agrupación en una posición de prestigio en la escena coral. Junto con enriquecer su repertorio, participan anualmente en festivales provinciales organizados por la Asociación Coral de Antofagasta. En 1970 asisten al Primer Festival de Coros Universitarios en Concepción donde continuaron representando a la universidad en festivales universitarios nacionales organizados por la Asociación Coral Universitaria de Chile, donde fue reconocido por ser un activo miembro de la difusión de la música coral en Chile.
Cabe señalar que la agrupación coral de nuestra casa de estudios también participó allá en 1963 en el Primer Festival de Coros de América “América Canta en Primavera”, que fue organizado por la Asociación Coral de Antofagasta, reuniendo en el Estadio Regional de Antofagasta a más de 1.000 participantes de todo el Continente y que fue liderado por su presidente en ese entonces, Gabriel Rojas Martorell.
No sólo estuvo al frente de la dirección de la agrupación, sino que en 1973 pasó a la creación de obras corales como la cantata folklórica nortina “Cordillerana”, obra que busca enfocar desde un nuevo ángulo la música, ritmos y poesía del Norte chileno, ensalzando la belleza del paisaje nortino y fundiendo todos estos elementos en una sola obra. Aplaudido en todo el país, este vinilo vuelve a dar valor a la música folklórica en el plano coral y queda plasmada en las voces de los en aquel entonces alumnos y funcionarios de la Universidad del Norte.
En el año 1989, con motivo del centenario del natalicio de Gabriela Mistral, musicaliza una selección de poemas dando vida a una nueva obra: “Cantemos con Gabriela”. Esta nueva creación fue grabada en estudio por el Coro Polifónico de la UCN y su cassette fue lanzado junto a un libro con sus respectivas partituras. Este homenaje busca transformar la lírica de Mistral en piezas musicales, permitiendo que sus famosos poemas puedan ser interpretados por coros y grupos vocales. En 1995 graban su segundo cassette junto al coro en una recopilación de obras barrocas y negro spirituals.
Posteriormente, en el año 2002, Rojas Martorell, amante de la identidad nortina y gran defensor del Himno de Antofagasta, hace partícipe nuevamente al Coro de la UCN de su nuevo proyecto y graban su arreglo coral junto a más coros locales. Su propósito: distribuir discos compactos en escuelas públicas para perpetuar nuestro himno en futuras generaciones de la ciudad.
Rojas Martorell no sólo compuso obras para el Coro Polifónico de la UCN sino que también fue el fundador de muchos otros coros en la región; el responsable de la creación y musicalización de himnos de establecimientos educacionales de la ciudad como la Escuela D-66 ex Grupo escolar N°34 República de Italia, y la Escuela D-72 Ljubica Domic Wuth, cuya letra fue escrita por su hermano-amigo, Andrés Sabella Gálvez.
Este último lo describía como: “Gabriel Rojas Martorell, director del Coro de la UNIVERSIDAD DEL NORTE, desde 1968, viajero por América, condecorado en diversas ocasiones por el cumplimiento fiel de su fervor coral, tiene al Norte de su corazón una pauta dictada por el viento pampino y tarareada por nuestro mar costino. ¡Norte por donde se le busque!”.
Fue nombrado Hijo Ilustre en varias ciudades que reconocieron su labor; entre ellas, Antofagasta, Angol, Copiapó y Arica.
Su trayectoria musical y aporte al quehacer cultural de la zona norte lo hizo merecedor en el año 1999 a la Medalla a la Música (categoría docta), otorgada por el Consejo Chileno de la Música afiliado al Consejo Internacional de la Música de la UNESCO. En 2011 su familia recibió la Medalla Bicentenario como homenaje póstumo a su trayectoria y aporte cultural a la región.
El recordado Maestro falleció en enero de 2010, dejando un gran legado dentro de la música coral chilena, impulsando el canto coral no solo como arte, sino como una herramienta educativa y de identidad regional.
Mauricio Nespolo Cova
Se iniciaba la década de los 60. Nacida en octubre de 1958, ya antes de su tercer año la Junta de Adelanto de Arica mostraba sus primeros resultados. Tuve el privilegio de visitar semana a semana las principales obras acompañando a mi padre, miembro del Consejo que dirigía la Junta. Cada domingo, el mar era unos metros más pequeño, dejándole espacio al nuevo puerto. A los ojos de un niño de 10 o 12 años, era una obra imposible, los camiones que depositaban tierra y rocas en el agua eran monstruosos, las grúas que iban colocando los tetrápodos eran gigantes de acero, el Ingeniero don Raúl Pey era como un ilusionista que nos explicaba cómo le iba ganando metro a metro al mar… El día que la isla dejó de serlo, pues un brazo de tierra la unió al continente, tuvimos el placer de estar entre los primeros en pisar su suelo blando, una gruesa capa de guano depositada por los patillos que anidaban en ella.
La visita de inspección continuaba en el Estadio, que iba tomando forma en medio de la expectativa colectiva. Íbamos a ver un mundial de fútbol, como consecuencia de una desgracia: el terremoto del 60 dejaba a Concepción sin posibilidades de ser subsede, y Carlos Dittborn vino a proponerle a la Junta de Adelanto convertir Arica en una de las ciudades mundialistas. Salíamos de la visita al Estadio y caminábamos unos metros más hacia arriba por la calle 18. Entonces, mi padre estiraba su brazo y me decía: “Ahí va a estar la universidad, la universidad de Arica”…
Entre los muchos visitantes que aparecían en la vieja tienda de 21 con Baquedano, me llamaba la atención un curita. Se instalaba a conversar con mi padre, yo no entendía o no me interesaba mucho lo que hablaban. Muchos años después, en los funerales de mi padre, en marzo de 1974, terminé de comprender la importancia de las visitas del curita… Don Gerardo Claps era representante de la Universidad del Norte. Había venido a Arica en aquellos años y se había acercado a don Alfonso Nespolo, presidente de la comisión Educación de la Junta de Adelanto. Su propuesta era instalar en Arica una sede de la universidad. La Junta tendría que apoyar en la infraestructura y equipamiento. Como muchos padres, don Alfonso se resistía a ver cómo cada año los jóvenes más talentosos emigraban de Arica hacia el centro del país en busca de una carrera universitaria, y muchos ya no regresaban a vivir en su ciudad. Y si bien la educación superior era gratuita, sólo podían alcanzarla quienes tenían altos puntajes y padres con recursos para mantenerlos en otra ciudad (Santiago, Valparaíso, Concepción, Antofagasta). El apoyo y el compromiso de mi padre y otros consejeros de la Junta fue vital para la instalación de la Universidad. La Junta de Adelanto construiría finalmente dos universidades: la Norte en el actual Campus Saucache, y la Chile en el Campus Velásquez. Sus edificios originales aún están allí, con sus casi 50 años. Y nuestra Universidad de Tarapacá es la heredera de ambas.
Pero don Gerardo y don Alfonso tenían apuro: no podían esperar que se diseñaran y construyeran las instalaciones definitivas. Podrían pasar dos o tres años, y eran dos o tres generaciones de jóvenes ariqueños que seguirían emigrando, o quedando sin opciones de futuro. Acordaron entonces que se habilitaría la Casa Rosada, una casona ubicada en calle Chacabuco, como instalación transitoria. El propio Gerardo Claps, mientras despedía a mi padre a nombre de la Universidad del Norte, recordó su angustia cuando llegó la hora de iniciar las clases y la Casa Rosada no estaba lista. “Qué hacemos, don Alfonso, yo ya tengo a los niños matriculados y no tengo dónde hacerles clases… no podemos fallarles”, le dijo en el rincón de la tienda donde acostumbraban conversar… Don Alfonso levantó la mirada, “tal vez arriba encontremos la solución”. El curita respondió “sí, con fe seguro que de arriba nos ayudan”. Y entonces mi padre lo llevó al segundo piso. Nosotros nos habíamos mudado hacía poco tiempo de allí: construcción antigua, de madera, que se mecía como velero a la deriva en cada temblor, con habitaciones grandes e iluminadas. Don Gerardo respiró aliviado. Y la Sede Arica de la Universidad del Norte inició sus clases en la sala que unos meses antes había sido mi dormitorio…
Por esos caprichos de la vida, mis estudios de Ingeniería Civil Química en la Universidad de Chile en Santiago se vieron frustrados a mitad de camino, por la muerte de mi padre, en marzo de 1974. Resignado a reinstalarme en Arica, me matriculé en Ingeniería Comercial, precisamente en la Universidad que mi padre había ayudado a crear, la misma Universidad que durante los últimos diecisiete años me ha dado la posibilidad de desarrollarme como profesional, como académico y como persona, y la oportunidad de colaborar con mi profundo compromiso para que sigamos construyéndola.
En el umbral de 1989 ingresé a la Universidad del Norte, con una mezcla de nervios y esperanza. Aquel año mi rutina comenzó sin ruidos de gloria, solo con el zumbido constante de la máquina de escribir, el roce suave de las teclas y un reloj que parecía marcar el pulso de una institución que buscaba crecer. No sabía cuánto tendría que sostener, cuántas puertas habría que abrir, ni cuántas palabras serían necesarias para que fluyesen las ideas y los sueños de quienes llegaban buscando conocimiento. Poco a poco, fui aprendiendo que mi labor iba más allá de organizar papeles y agendar citas. Ser secretaria era convertirse en la memoria viva de la universidad: guardar, clasificar y compartir con cada persona la información que necesitaba, en el momento exacto. Era anticipar necesidades antes de que se expresaran, sostener a quienes estaban al borde de un proyecto y con una sonrisa discreta, aliviar la carga de quienes llevaban la responsabilidad de enseñar, investigar y construir un mejor futuro. Los años trajeron cambios visibles, tecnologías que exigieron nuevos ritmos, edificios que se levantaron como promesas en el horizonte, y generaciones de estudiantes, profesoras y profesores que caminaron por pasillos cargados de historias. Pero hubo una constancia que se mantuvo intacta; la misión de apoyar, con paciencia y atención, a cada persona que cruzaba las puertas de mi querida Universidad. En cada mensaje contestado, en cada documento organizado, quedaba grabada la voz de alguien que creía en la educación como un camino de transformación. Hubo momentos difíciles, de incertidumbre y de decisiones que exigían corazón: periodos de cambios institucionales, crisis que golpeaban las rutinas y desafiaban la resiliencia de todos.
En esas épocas difíciles, mi labor fue sostener, con firmeza y ternura, la estructura que permitía a otros seguir avanzando. Aprendí que la burocracia bien hecha puede ser un acto de cuidado, un puente entre el deseo de hacer y la realidad de hacerlo. Con el paso de los años, vi nacer proyectos
que parecían sueños, investigaciones que se convertían en avances, campus que se actualizaban, comunidades académicas que se fortalecían. Y en cada uno de esos logros, aunque a veces invisibles a los ojos más amplios, estaba mi huella, la de quien mantiene el flujo, la coordinación, la calma, para que otros, con su brillo, puedan encender el suyo.
Hoy, mirando hacia atrás, no veo solo una trayectoria profesional, sino un testimonio de lealtad y paciencia. He aprendido que la grandeza de una institución no está solo en sus grandes logros, sino en la gente que sostiene sus días, quienes atienden, organizan y facilitan que cada idea encuentre su camino. Mi servicio, entonces, es la suma de cientos de pequeños actos cumplidos con cariño, un correo enviado a tiempo, una llamada que evita un error, una palabra de aliento cuando el ánimo flaquea.
A los 70 años de la Universidad Católica del Norte, agradezco a Dios el camino recorrido y me congratulo con la historia que hemos escrito juntos, docentes, estudiantes, administrativos y yo, la secretaria que, desde 1989, ha sido también un testigo silencioso de la constancia humana.
Que este aniversario sirva para reconocer no solo las fachadas y los logros visibles, sino la red invisible de personas que sostienen cada día la casa del saber. Y que, en cada nuevo amanecer, sigamos cuidando ese detalle que parece pequeño pero que sostiene, con delicadeza, el sueño de aprender.
Eliana Edith Varas Romero
Secretaria Directiva
Facultad de Humanidades
Entrevistas:
Transcripción entrevista a María Inés Albiña Cortés, encargada de la Sección de Títulos y Grados, Secretaría General – UCN Antofagasta.
Paulina González Tello: Estimada, para comenzar, ¿podría indicarme su nombre completo y su edad?
María Inés: Mi nombre es María Inés Albiña Cortés y tengo 61 años.
Paulina González Tello: Cuénteme, señora María, ¿cuál es su título o profesión?
María Inés: Poseo el título de Técnico en Secretariado Ejecutivo.
Paulina González Tello: ¿En qué año se incorporó a la universidad y en qué sede?
María Inés: Ingresé el año 1988, aquí en la sede de Antofagasta.
Paulina González Tello: ¿Sigue formando parte de la institución? ¿En qué unidad se desempeña actualmente?
María Inés: Sí, todavía continúo. Actualmente me desempeño en la Secretaría General.
Entrevistador: Antes de llegar a esa unidad, ¿dónde trabajó?
María Inés: Llegué inicialmente por un reemplazo a lo que en ese entonces se llamaba Servicio del Campus. Estuve ahí unos cuatro meses y luego gané un concurso para integrarme a la Secretaría General. Pasé por un periodo de prueba de unos seis meses -como se estilaba antiguamente- y finalmente obtuve mi contrato indefinido. Todo ese proceso ocurrió durante 1988.
Entrevistador: Entonces, desde 1988 hasta la fecha se ha mantenido en la institución. Son casi 38 años. ¿Cómo calificaría su experiencia en la universidad?
María Inés: Estoy profundamente agradecida de la universidad. En lo personal, significa mucho: aquí conocí a mi esposo, aquí me casé y crie a mis hijos. La institución incluso me permitía traer a mis hijos durante las vacaciones; tuvimos muchas regalías y facilidades de parte de las jefaturas de ese entonces para criarlos acá. Por eso, el agradecimiento es inmenso.
Paulina González Tello: ¿Cuál es su rol actual en la UCN?
María Inés: Soy la Encargada de la Sección de Títulos y Grados para las sedes de Antofagasta y Coquimbo. Mi labor consiste en supervisar toda la etapa final de la tramitación del expediente de un titulado, hasta la entrega física de su diploma.
Paulina González Tello: ¿Hace cuánto tiempo desempeña este cargo específico?
María Inés: Prácticamente durante mis 37 años de servicio. Hubo un breve periodo en 1989 donde estuve apoyando en Finanzas y Registro Curricular como comisión de servicio, pero siempre perteneciendo a Secretaría General. En 1990 me reintegré de lleno a la unidad y desde entonces no he parado. He pasado por muchas jefaturas y distintos rectores.
Paulina González Tello: Respecto a su llegada, mencionaba que fue por un reemplazo. ¿Cómo se originó ese vínculo inicial?
María Inés: Reemplacé a Patricia Andrade (Q.E.P.D.) durante su periodo de pre y postnatal. Estuve cerca de seis meses en el Servicio del Campus, que se encargaba de lo que hoy conocemos como Servicios: talleres, aseo y mantenimiento. Luego postulé al concurso en Secretaría General; comencé como secretaria de la sección y, tras la salida de la jefa de aquel entonces en 1993, asumí como encargada de la unidad hasta el día de hoy.
Paulina González Tello: Tras toda esta trayectoria, ¿cuáles considera que son los hitos más importantes que atesora?
María Inés: En lo personal, lo más importante fue formar mi familia aquí. En lo laboral, valoro mucho haber conocido a tantos compañeros. Antiguamente, la universidad tenía un ambiente de mucha mayor cercanía, era como una gran familia; todos nos conocíamos y nos ayudábamos.
Siento que con el tiempo se han perdido esas tradiciones. Hoy cada uno se limita a su “metro cuadrado” y pasan muchos funcionarios nuevos a quienes uno no llega a conocer. Antes, el punto de encuentro era el famoso “reloj de control”; ahí nos saludábamos, bromeábamos y nos enterábamos de si alguien estaba enfermo para ayudarlo. Ahora eso se ha diluido.
Paulina González Tello: ¿A qué atribuye esta pérdida de identidad o de comunidad?
María Inés: Quizás a que antes permanecíamos mucho tiempo en nuestros puestos. Los jóvenes de ahora suelen venir por periodos cortos, hacen currículum y se van; no proyectan su vida aquí. Yo misma pensé que me quedaría solo dos años, pero los lazos de cariño con los compañeros me retuvieron. También creo que la pandemia marcó un quiebre definitivo; nos acostumbramos a mantener la distancia y a trabajar encerrados en nuestras oficinas. Para revertir esto, creo que la iniciativa debería venir desde las autoridades, “de la cabeza hacia abajo”.
Paulina González Tello: ¿Hay personas que recuerde especialmente por el sello que le dieron a la institución?
María Inés: Sin duda, la señora Sarita Inostroza (Q.E.P.D.), quien fue jefa de archivo y la primera secretaria que tuvo la UCN. Era una persona transparente y de mucha experiencia. También su hermana, Silvia Inostroza, que trabajaba en Registro Curricular.
Otra persona clave en mi formación fue la señora Norma Aguirre, mi jefa directa. Ella era muy estricta pero una excelente persona; ella me formó profesionalmente cuando yo recién comenzaba y “era un pajarito”. Gracias a esa “buena escuela” nunca he tenido problemas con mis superiores.
Paulina González Tello: Mencionaba también que antes había más espacios de esparcimiento, como ir a la playa.
María Inés: ¡Así es! En verano salíamos a las dos de la tarde. Nos organizábamos en el mismo reloj de control y partíamos en grupo a la playa, a veces llegábamos a ser 25 personas de distintas unidades: Registro, Área Médica, Servicios, etc. Tomábamos té y compartíamos hasta tarde. Era una convivencia muy bonita que hoy ya no se ve.
Paulina González Tello: ¿Cómo describiría la importancia del trabajo que realiza su unidad hoy?
María Inés: Nuestra unidad es fundamental. Secretaría General actúa como ministro de fe. Mi compañera Ana María Inostroza, encargada de Archivos Generales, es como un “atlas” humano: sabe exactamente dónde está cada documento desde el inicio de la universidad. Por mi parte, tengo archivados los registros de todos los titulados, desde el primero hasta la actualidad. Aunque desde la pandemia (2020) todo es digital, conservamos tomos físicos históricos que son un tesoro institucional.
Paulina González Tello: ¿Cómo ha cambiado físicamente la universidad desde que usted llegó?
María Inés: Ha cambiado muchísimo. Cuando llegué había muchos espacios vacíos. La mayor modernización y edificación ocurrió durante el periodo de don Miguel Castillo. El pasillo de la entrada, que antes era muy sencillo, hoy es irreconocible para los exalumnos que vuelven después de décadas. Ya casi no queda espacio para seguir construyendo.
También recuerdo que antes, a fin de mes, todos hacíamos fila en la “R” para recibir nuestro pago en efectivo de manos del banco. Eran momentos de mucha conversación y encuentro. Teníamos también la tradición de la media hora de colación a media tarde, donde compartíamos un café y un trozo de queque entre compañeros. Eran pequeñas pausas que hacían que el trabajo fuera mucho más humano.
Paulina González Tello: Señora María Inés, usted mencionaba que muchas tradiciones se han perdido. ¿Cómo cree que ha sido el aporte de la solidaridad y el sentido humano al mundo universitario?
María Inés: Para mí, lo más importante ha sido ser testigo del logro de cada titulado. Antiguamente, cuando un estudiante no podía participar en la ceremonia oficial, se realizaba una ceremonia privada en la oficina del Secretario General. Era un acto íntimo pero lleno de protocolo: yo les ponía la estola, les entregaba la Biblia y el Secretario les tomaba el juramento. Ver la emoción de los padres en ese espacio pequeño era impagable.
También me ha tocado vivir la contraparte: la entrega de diplomas post mortem. Es una situación terrible y dolorosa donde es imposible no quebrarse. Recuerdo al Secretario General emocionarse profundamente junto a las familias. Aunque son momentos tristes, para los familiares recibir ese diploma es un tesoro que agradecen infinitamente. Lamentablemente, tras la pandemia, estas instancias privadas se perdieron y ahora la entrega es un trámite administrativo en oficina, aunque don Fernando tiene la inquietud de retomar lo simbólico el próximo año.
Paulina González Tello: Desde su trayectoria, ¿cuál cree que es el rol fundamental de nuestra universidad?
María Inés: Nuestro rol es orientar a los futuros profesionales para que la enseñanza adquirida aquí se refleje de la mejor manera en el exterior. Al final, ellos son el reflejo de la universidad. Si un profesional es bueno, la gente reconoce la calidad de la enseñanza de la UCN. Afortunadamente, creo que ese prestigio se mantiene; muchos exalumnos regresan a cursar magísteres o doctorados porque saben que la universidad está muy bien valorada en el mundo laboral.
Paulina González Tello: ¿Cuáles han sido sus mayores desafíos personales en estos años?
María Inés: Mi mayor desafío fue asumir la jefatura de la sección. Yo llegué siendo “una pollita” y de pronto me quedé sola a cargo. Mi antecesora, la señora Norma (Q.E.P.D.), se llevó su conocimiento con ella, y yo tuve que aprender observando y escuchando a cada jefe y Secretario General que pasaba. No había manuales; las respuestas a las miles de dudas de los alumnos se aprenden con los años. Por eso, hoy le digo a don Fernando que es necesario traer a alguien para transmitirle toda esta escuela antes de que yo me retire. Nadie es imprescindible, pero la experiencia acumulada es difícil de reemplazar solo con tecnología.
Paulina González Tello: Hablando de tecnología, ¿cómo ha impactado esta en el vínculo con los alumnos?
María Inés: La tecnología ayuda, pero también quita humanidad. Antes uno escuchaba las inquietudes de los jóvenes; ahora todo es online. Ya no les vemos los rostros. Las nuevas generaciones ya saben que todo es digital, pero todavía quedan algunos de promociones antiguas que vienen a mi oficina pensando que el trámite sigue siendo manual. Se ha perdido esa relación directa.
Paulina González Tello: Mirando hacia el futuro, específicamente a los próximos 20 o 30 años, ¿qué desafíos debería priorizar la UCN?
María Inés: El desafío más urgente es la inclusión real. Estamos en el 2026 y todavía veo a estudiantes en silla de ruedas que deben ser cargados por sus compañeros o guardias para subir una escalera porque no hay rampas o ascensores adecuados. Hablamos mucho de inclusión en charlas, pero la infraestructura no siempre refleja ese discurso.
También debemos pensar en el adulto mayor. En mi pabellón (Rectoría), que tiene tres pisos, recibimos a abuelitos o padres que vienen a hacer trámites por sus hijos que están fuera. Llegan agotados, casi desmayados por subir las escaleras. Una universidad moderna debe facilitar el acceso a todos, no solo al alumno joven.
Paulina González Tello: ¿Qué otras cosas extraña de la “antigua” universidad?
María Inés: Extraño que la universidad se involucraba más con la familia del funcionario. Antes, Bienestar organizaba campamentos de verano de dos semanas en la Cuarta Región para nuestros hijos. Eso creaba lazos; mis hijos aman la universidad porque se criaron aquí, entre fiestas de Navidad y escuelas de verano. También se hacían paseos para funcionarios a San Pedro de Atacama o al Observatorio. Eran instancias para compartir con compañeros de otras unidades, para saber quién estaba enfermo o quién necesitaba ayuda. Hacía falta esa humanidad.
Paulina González Tello: Usted menciona que la pandemia cambió las cosas. ¿Cómo lo vivió usted?
María Inés: Laboralmente nos distanció, pero en lo familiar fue una ganancia inesperada. Recién en la pandemia aprendí a conocer de verdad a mis hijos. En la rutina diaria uno llega cansado, da la comida y a dormir. En el encierro pudimos hablar. Mis hijos me confesaron que muchas veces me necesitaron y yo no estaba, pero no me lo decían para no darme más preocupaciones. Fue un desahogo necesario que nos unió mucho más.
Paulina González Tello: Para cerrar, si usted volviera a la universidad en 15 años más, ¿qué le gustaría ver?
María Inés: Me gustaría ver una infraestructura moderna con ascensores en todos los pabellones. Me gustaría que me recibieran con alegría, reconociendo mis 38 años de servicio. Y en lo académico, desearía escuchar que la UCN está en el “Top 10” y que tiene la acreditación máxima de 7 años.
Para lograr eso, nos falta compromiso. A veces los académicos y funcionarios se excusan de participar en encuestas o procesos institucionales importantes. Falta entender que si a la universidad le va bien, a todos nos va bien. Antes éramos menos y quizás por eso era más fácil organizarse; ahora somos más, pero parecemos estar menos comprometidos con el colectivo.
Paulina González Tello: La universidad cumplirá pronto 70 años. ¿Qué mensaje le daría?
María Inés: (Emocionada) Solo le diría: “Gracias por todo”. Gracias a la universidad tengo mi familia y pude educar a mis hijos. Incluso mi casa la obtuve gracias a un convenio que gestionó la institución en 1996. La universidad hizo todos los trámites por nosotros, nos llevaba en vehículos al banco, nos prestó el dinero para la postulación y para arreglarla. Todo lo que tengo y lo que soy se lo debo a esta institución. Por eso, mi agradecimiento es total.
Georgina Mora Jiménez: memoria viva desde San Fernando hasta la Escuela de Periodismo UCN
Llegó a Antofagasta en un “bus pirata”, sentada en un asientito plegable en el pasillo, cruzando el desierto durante una Semana Santa que hoy parece lejana. Georgina Mora Jiménez (77), originaria de los verdes paisajes de San Fernando, no sabía que ese viaje era el inicio de una historia de siete décadas. Lloró durante quince días al ver la aridez de los cerros, extrañando el rocío del sur, hasta que el mar y la mística de una universidad naciente la atraparon para siempre. Primera generación de su familia en llegar a la educación superior, Georgina no solo se formó en las aulas de la entonces Universidad del Norte; ella ayudó a reconstruirlas cuando las cenizas de la historia amenazaron con borrarlas. Exdecana, Jefa de Carrera, Directora de Escuela, académica y discípula directa de Andrés Sabella, su testimonio es un puente entre la época dorada del Bar Lácteo y los desafíos del periodismo digital. En esta conversación profunda para el libro de los 70 años de la UCN, Georgina nos abre el archivo de su memoria, donde la fe, el rigor periodístico y el amor por su alma mater se funden en un solo relato.
Georgina, usted es parte de la historia fundacional de nuestra Escuela de Periodismo. ¿Cómo recuerda ese momento en que una joven de San Fernando decide que su futuro está a más de mil kilómetros de distancia, en una ciudad que ni siquiera conocía?
Es curioso, porque yo siempre digo que fue Dios quien me puso en el camino de la Universidad Católica del Norte. Yo soy de San Fernando, de liceo fiscal, y pertenecí a la primera generación que dio la Prueba de Aptitud Académica (PAA). En esa época no teníamos la información que hay hoy; dábamos la prueba con lo que traíamos del liceo, que, valga decir, era de una calidad excelente. Recuerdo las paredes de la Casa Central de la Universidad de Chile empapeladas con esas tiras gigantes de papel de impresora de matriz de puntos, donde uno buscaba su nombre. Incluso vi gente que arrancaba estas tiras debido a que no le alcanzaba el puntaje.
Postulé a tres carreras: Pedagogía en Castellano, Psicología y Periodismo. Estaba en Santiago esperando para la entrevista de Psicología, cuya escuela estaba ubicada frente al Pedagógico, cuando escuché a una niña decir que se había abierto una Escuela de Periodismo en Antofagasta y que estaban tomando exámenes en El Mercurio. Me fui para allá sin pensarlo mucho. El examen lo tomaba Nicolás Velasco del Campo, director de Las Últimas Noticias y primer director de nuestra Escuela de Periodismo. Se trataba de una evaluación exigente que consistía en identificar siglas, demostrar conocimiento de la actualidad y realizar un ejercicio de redacción. Como en aquella época no contábamos con internet, mi fuente de información era el diario La Nación que mi padre compraba cada mañana, sumado a las clases de Castellano que recibía al iniciar el día. Gracias a eso fui seleccionada y comenzó la aventura.
¿Cómo fue ese primer choque con el paisaje nortino?
Fue un sacrificio enorme de mis padres. Mi situación económica no era boyante y yo era la primera de la familia en ir a la universidad. Me vine en un bus informal porque no había pasajes por Semana Santa. Al llegar, el impacto fue brutal. Yo venía de la zona central, del verde, de los árboles… y ver esos cerros pelados que se te venían encima fue aterrador. Lloré quince días seguidos. Hasta que una señora mayor me vio sufrir y me dijo: “No mires los cerros, mire también el mar”. Ahí mi vida mejoró. Empecé a entender la belleza de lo que parece vacío.
En la historia de la UCN, Andrés Sabella es una figura insigne. Usted tuvo el privilegio de ser su alumna y amiga y colega. ¿Cómo era realmente la pedagogía de Sabella en aquellos años de formación?
Andrés era un maestro en toda la línea. Cordial, amoroso, siempre entregando conocimiento, incluso fuera del aula. Él nos enseñó que el periodista no podía vivir en una burbuja de cristal. Tenía una forma de enseñar que hoy sería impensada. Una vez nos llevó a un cabaret, el Lucerna, en la calle Matta con Prat, para que conociéramos “la vida”. Nos decía que para opinar con fundamento había que conocer todos los estratos de la sociedad.
También nos mandaba a entrevistar a las prostitutas que se ponían en Sucre con Avenida Argentina. Para unas niñas jóvenes de esa época, eso era un choque cultural tremendo, pero él nos resguardaba, nos cuidaba. Sabella nos enseñó la entrega total, el no guardarse nada del conocimiento. Esa generosidad marcó a nuestra generación. Tan importante fue para mí que me casé en la capilla de la universidad en 1974, y él fue nuestro invitado de honor.
Usted menciona que 1973 fue el periodo más difícil. Mientras otras carreras cerraban para siempre, Periodismo logró resistir. ¿Cómo se vivió esa lucha interna por no dejar morir la voz de la Escuela?
Fue una época de mucho dolor, tanto para los que se fueron como para los que nos quedamos. Nos sentíamos “exiliados” dentro de nuestro propio país. El año 74 fue terrible; nadie sabía nada de nada. Carreras como Sociología, Antropología y Geografía murieron en ese entonces y nunca más se recuperaron de la misma forma.
Periodismo continuó con los estudiantes que quedaban y , en forma sorpresiva, abrieron la matrícula para nuevos cupos en el año 1975.
Posteriormente, hacia el año 1990, la Escuela de Periodismo reabrió sus puertas gracias a gestiones muy directas de personas como Don Mario Cortés, director de El Mercurio de Antofagasta, quien tenía cercanía con el rector Jorge Alarcón Johnson. Intentaron imponernos planes de estudio sin sentido traídos de Santiago, pero nos encargamos de “arreglar la carga por el camino”. Sabíamos que, si perdíamos la Escuela, perdíamos el último espacio de pensamiento crítico que quedaba. Trabajé día y noche para limpiar administrativamente lo que estaba mal y asegurar que la formación siguiera siendo de calidad, a pesar de la lupa con la que nos miraban.
Esa presión debe haber dejado huellas profundas. Usted ha comentado que el cuerpo terminó pasándole la factura por esos años de tensión.
Así es. Uno cree que es fuerte y que lo guarda todo en una cajita, pero el cuerpo es el que avisa. A finales de los 70 empecé con dolores físicos atroces, problemas neurológicos que no tenían explicación médica aparente. Un psiquiatra me lo dijo claramente: era la reacción tardía a todo lo que había visto y vivido desde el 73. La persecución, el miedo constante, ver cómo desaparecía la parte humanista de la universidad… todo eso se quedó en mis huesos. Por eso siempre digo que fue duro para todos, sin excepción.
Con 70 años de historia, la universidad ha crecido exponencialmente. Sin embargo, usted habla de una pérdida de “mística”. ¿A qué se refiere exactamente con ese concepto y qué papel jugaba el “Bar Lácteo” en ello?
La universidad de antes tenía algo que hoy se ha diluido: la comunión. El Bar Lácteo era un espacio chiquitito, pero fundamental. Ahí nos juntábamos todos: el rector, los académicos, los alumnos. Se tomaba café, se conversaba de la vida, se generaba una sinergia que hoy no existe. Ahora la universidad es masiva, los académicos están encerrados en sus oficinas con mil cargas administrativas y los alumnos llegan y se van como si esto fuera un trámite.
Se ha perdido la historia. Por ejemplo, mucha gente cree que Doña Berta González, nuestra benefactora, vivía aquí. La verdad es que ella era una viuda adinerada de Santiago que nunca conoció Antofagasta. Fueron los Jesuitas, como el Padre Gerardo Claps, quienes la convencieron de donar parte de su fortuna para crear una universidad que evitara que los jóvenes del norte tuvieran que irse a Santiago. Ella financió el sueño desde la distancia, pero esa historia, esa mística de por qué estamos aquí, ya no se cuenta en las inducciones.
Me duele la desidia con la historia física. Encontré la cruz que se usó en el altar cuando vino el Papa Juan Pablo II botada en un descampado cerca de los estacionamientos del Auditorio Andrés Sabella. Tuve que ir a hablar con el rector Misael Camus para que la rescataran. Lo mismo con la lancha de la Escuela de Pesquería, que está ahí deteriorándose. Si no cuidamos los símbolos, la universidad pierde su alma y se convierte en una empresa de títulos. La comunicación institucional debe volver a contar estas historias para que el funcionario nuevo y el alumno sepan que pisan una tierra con pasado. Por eso está el busto de Don Andrés en el patio de la Escuela. Yo le “vendí” la idea al rector Camus y el la aceptó.
Como periodista, académica y exdecana, ¿qué diagnóstico hace del periodismo que se ejerce hoy y de la formación de los nuevos profesionales?
A veces veo a los periodistas de televisión y digo: “Estos viven en Narnia”. Están en una burbuja, lejos de la calle, lejos de la gente. El gran problema de las escuelas de hoy es que no enseñan a escribir. Los jóvenes nacieron con el chip tecnológico, pero el periodismo es pensamiento, es saber leer entre líneas, es tener actualidad.
La inteligencia artificial puede ser una herramienta, pero jamás va a suplir el factor humano, la capacidad de discernir entre una verdad y una mentira. Hoy estamos inundados de fake news y el periodista debe ser el filtro. Mi consejo para los estudiantes es que lean, que se informen, que no se queden con el titular de Instagram. El periodismo se está viniendo abajo porque hemos descuidado lo más básico: la redacción y el contacto con la realidad.
Finalmente, Georgina, viendo el horizonte de los 70 años de la UCN, ¿cuál es su mayor deseo para la institución que ha sido su casa, su lugar de matrimonio y su vida entera?
Mi deseo es que recuperemos la mística de la entrega. Ser profesor universitario no es ser un burócrata; es ser un guía. Tengo fe en la actual rectora, Dra. María Cecilia Hernández Vera, porque sé que le ha tocado un periodo difícil de saneamiento, pero tiene una visión humana.
Espero que la universidad vuelva a ser esa comunidad donde el ingeniero sea profesor además de ingeniero, donde el conocimiento se entregue con pasión y no solo por cumplir una carga horaria.
Margareth Cleveland, pionera del método Aprendizaje + Servicio: “Yo creo que en muchas universidades pueden formar profesionales, pero no todas se preocupan de que haya un compromiso real de ayudar al otro”
Desde egresada como psicóloga del Campus Antofagasta a funcionaria académica en Coquimbo, Margareth Cleveland Slimming ha vivido la Universidad Católica del Norte desde dos veredas que se volvieron complementarias, siendo la primera instancia como estudiante y luego como profesional. A través de su experiencia, Cleveland pone en valor el sello humano que caracteriza a la institución, el rol del voluntariado y la consolidación del Aprendizaje + Servicio como una metodología fundamental en la formación académica y las necesidades de la comunidad educativa.
Margareth Cleveland Slimming tiene 44 años, es psicóloga y tiene un magíster en psicología comunitaria. Su historia con la Universidad Católica del Norte comenzó en 1999, cuando ingresó a estudiar Psicología en la sede de Antofagasta. Años más tarde, ese vínculo inicial se transformaría en una relación profesional que se extendió por nueve años en la Sede Coquimbo, específicamente en la Dirección de Innovación Docente y Desarrollo Curricular (DIDEC).
Desde ese espacio, su labor se centra en el asesoramiento de desarrollo docente, orientada a acompañar los procesos educativos y focalizada principalmente en la implementación del Aprendizaje + Servicio. “Esta metodología busca conectar las necesidades del entorno con la formación de pregrado de los estudiantes en distintas disciplinas”, explica. Es decir, su trabajo ha sido acompañar a los docentes para que la formación universitaria no se quede solo en el aula, sino que tenga impacto fuera de ella.
Su llegada como funcionaria se dio gracias a una experiencia previa vinculada al Aprendizaje + Servicio, en un momento en que la universidad comenzaba a institucionalizar este enfoque. “La universidad confió en mi experiencia y me invitó a ser parte de un proceso que recién se estaba institucionalizando”, recuerda.
Al mirar su paso por la UCN, Margareth destaca su participación en voluntariados y en la Pastoral, experiencias que marcaron su forma de entender y ejercer su ocupación. “Cuando hablamos de formación integral, hablamos no solamente de ser competentes desde la profesión, sino que tener una mirada también de responsabilidad frente al otro y esto implica tener una dimensión espiritual”, afirma.
Además, desde una mirada más amplia, reflexiona: “Yo creo que en muchas universidades pueden formar profesionales, pero no todas se preocupan de que haya un interés real y de compromiso de ayudar al otro”.
Pensando en el futuro, Margareth Cleveland reconoce que uno de los mayores desafíos actualmente es cambiar el discurso individualista que antes no era tan marcado: “Cuando yo era estudiante existía este compromiso de levantarse el sábado en la mañana súper temprano, íbamos a los comedores abiertos de población Bonilla y no había cuestionamiento de cuán cansado estuviéramos, si no que había ganas de ayudar”. Además, Cleveland considera fundamental seguir profundizando el compromiso social, como en los voluntariados y fortalecer la formación valórica que representa a la Universidad Católica del Norte desde sus inicios.
Tres décadas de compromiso administrativo en la UCN, la gran labor de Mirtha Cortés
Con más de 30 años de servicio, Mirtha Cortés Cipriano representa fielmente la memoria del estamento administrativo de la Sede Coquimbo. Su relato muestra el compromiso, la adaptación a los cambios y la formación de un gran sentido de pertenencia institucional hacía la UCN.
Mirtha Cortés Cipriano nació en abril de 1959 y se desempeñó como funcionaria administrativa en la Universidad Católica del Norte desde 1994, en la Sede Coquimbo.
A lo largo de su trayectoria trabajó en el Departamento de Teología y en diversas áreas administrativas, cumpliendo un rol importante en cuanto al funcionamiento cotidiano de la institución.
Su relación laboral con la universidad estuvo marcada por el compromiso y la responsabilidad. “Mi trabajo siempre fue apoyar para que todo funcionara bien”, señala, describiendo una labor que muchas veces puede resultar silenciosa pero que en realidad es fundamental.
Ingresó a la UCN luego de participar en un proyecto previo, experiencia que abrió las puertas a su incorporación formal. “Alguien confió en mi trabajo y me abrió la puerta”, recuerda.
Entre los aspectos que más valora de su paso por la casa de estudios, destaca el trabajo con personas de gran calidad humana y afirma: “Aquí aprendí tanto en lo profesional como en lo personal”.
Cortés también evalúa el trabajo de su unidad como un ente responsable y comprometido con el buen uso de los recursos, y reconoce que uno de sus aportes más relevantes ha sido el apoyo constante a la docencia y a la formación valórica.
Desde su experiencia, cuenta que uno de los mayores desafíos que le tocó enfrentar dentro de su estadía administrativa, fue la modernización tecnológica. “Pasamos de la máquina de escribir al computador”, comenta Cortés, nostálgica y llena de emoción.
Mirtha Cortés hace una mirada amplia hacia los años en que trabajó arduamente y también hacia el futuro, considerando de suma importancia combatir la deserción estudiantil y mantener el trato humano como sello institucional que caracteriza a la Universidad Católica del Norte.
Marcos Chait: “Voy a cumplir 50 años de docencia en la UCN”
Ingeniero civil electrónico y académico por más de cuatro décadas, Marcos Chait fue más que un testigo en el crecimiento y consolidación de la Universidad Católica del Norte en Antofagasta y Coquimbo. Su relato muestra cómo se experimenta la docencia con una gran vocación, la formación de generaciones de profesionales y el rol de la universidad tanto en la sociedad como en su vida misma.
Marcos Chait se jubiló en 2022, a los 70 años, tras una extensa trayectoria académica. Ingeniero civil electrónico de profesión, llegó a la UCN en 1976, cuando la universidad buscaba fortalecer su cuerpo académico en el norte del país, sin embargo, sigue dictando algunas asignaturas en Coquimbo. “En ese tiempo, la UCN necesitaba académicos en el norte y acepté el desafío de venir desde Valparaíso a trabajar”, recuerda.
Durante su carrera, trabajó 36 años en la Sede Antofagasta y 10 en la Sede Coquimbo, desempeñándose en el Departamento de Electrónica, Ciencias de la Computación y la Escuela de Ingeniería. Además de ejercer como profesor, asumió diversos cargos de gestión académica, entre ellos jefe de carrera, director de unidad y Director General de Docencia.
Entre los recuerdos más significativos de su paso por la universidad destaca la formación de generaciones de profesionales. “Ver a exalumnos desarrollarse es una de las mayores satisfacciones”, señala, mostrando el impacto que la educación universitaria tuvo en la vida de muchos de ellos, pero también en su labor como docente.
Chait evalúa el trabajo de su unidad como sólido y de calidad, aunque reconoce la necesidad permanente de actualización tecnológica que avanza a través de los años. Por otra parte, considera que uno de los principales aportes de la UCN y la unidad de ingeniería a la sociedad, ha sido la formación de profesionales que lograron movilidad social. “Muchos fueron los primeros profesionales de sus familias, lo que los ayudó mucho a salir adelante”, destaca.
Para Marcos Chait, el quehacer universitario está profundamente ligado a la búsqueda de la verdad y a la formación integral, sin dejar de lado aquellas actividades que proponen un vínculo social. En su caso, recuerda su afición por la música que lo llevó a formar grupos musicales tanto en Antofagasta como en Coquimbo, en donde compartió con colegas, académicos y estudiantes. “Esto contribuye a formar un ambiente de camaradería y amistad, lo cual es muy útil. Además, la universidad siempre debe incitar a buscar la verdad, pero, sobre todo, formar personas íntegras”, reflexiona.
Entre los mayores desafíos que Chait enfrentó, menciona la adaptación al rápido avance tecnológico y a los cambios institucionales que se generaban a medida que pasaban los años. Para finalizar y en cuanto al futuro, Marcos Chait estima que la universidad debe seguir invirtiendo en tecnología y reforzar aún más la responsabilidad del estudiante en su propio aprendizaje.
Mercedes Gallardo Letelier hace más de cuatro décadas que forma parte de la Universidad Católica del Norte, específicamente en la sede de Antofagasta. Egresada del Instituto Superior de Comercio como Secretaria Administrativa, Gallardo actualmente desarrolla su labor como funcionaria del Personal de Apoyo a la Academia, bajo el cargo de Asistente Ejecutiva en Secretaría General, además de brindar apoyo en la Dirección Jurídica de la UCN.
A lo largo de su carrera ha pasado por diversos departamentos, desde Dirección de Finanzas al Departamento de Química, “en cada lugar donde se requería apoyo, siempre dispuesta a colaborar”. Para Mercedes Gallardo, la UCN no solo ha sido un lugar de trabajo, sino un sitio de innumerables aprendizajes, desafíos, conocimientos valiosos y memorias inolvidables.
En el aniversario 70 de nuestra casa de estudios, la Asistente de Secretaría cumplirá exactamente 43 años de servicio en la institución, por lo reflexiona sobre su extensa trayectoria desde la comodidad de su oficina.
¿Cómo llegó a trabajar en la universidad? ¿Por qué la eligió de todos los lugares posibles?
Mi ingreso a la Universidad Católica del Norte se remonta al año 1982, en tiempos en que se trabajaba bajo el Plan del Empleo Mínimo. Al año siguiente, fui contratada como parte de planta oficial.
Durante mis primeros años, desempeñé funciones en diversas unidades, como en la Sección de Remuneraciones, Dirección de Finanzas, Dirección de Recursos Humanos (hoy denominado Dirección de Personas) y como reemplazo en el Departamento de Electrónica. Esta etapa me permitió conocer distintas áreas de la universidad y adquirir una visión integral de su funcionamiento.
Posteriormente, llegué al Departamento de Química, donde permanecí por 14 años. Allí conocí personas maravillosas que dejaron una huella profunda en mi vida. Hasta el día de hoy recibo muestras de cariño de jóvenes que pasaron por nuestras oficinas, lo que me llena de orgullo y gratitud.
En 1997, gané un concurso para proveer el cargo de Secretaria Ejecutiva, actualmente Asistente Ejecutiva, que me permitió asumir el cargo en Secretaría General.
Con respecto a mi elección de quedarme en la UCN, fue porque soy de Chuquicamata, nacida y criada. Pensé que podría quedarme a trabajar ahí, pero mis padres se trasladaron a vivir a Antofagasta y se dio la oportunidad de postular a la Universidad del Norte, denominada así en ese tiempo, porque representaba exactamente el tipo de institución en la que quería aportar y desarrollarme, además que coincidía plenamente con mis valores profesionales. Sentí que aquí mi trabajo no solo tendría un propósito laboral, sino un desarrollo personal.
Desde su experiencia, ¿qué es lo que más recuerda de su paso por la universidad?
Recuerdo a todas las personas que hoy conozco trabajando, a quienes ya cumplieron su etapa en la UCN, y a aquellas que ahora descansan junto a Dios. Todas son parte esencial de mi trayectoria. Cada encuentro, cada enseñanza, cada momento compartido ha dejado una huella imborrable en mi camino.
Guardo con cariño el ambiente de compañerismo y las relaciones que se fueron construyendo con el tiempo, que hicieron que la experiencia fuera significativa y enriquecedora. Especialmente poder ayudar a resolver problemas, orientar a quienes llegaban con dudas y sentir que mi trabajo contribuía al funcionamiento de la institución.
¿Cuál es un recuerdo que rememora con especial cariño?
Los aniversarios siempre fueron momentos maravillosos, llenos de entusiasmo, compañerismo y una participación vibrante por parte de toda la comunidad universitaria. Uno de los más memorables para mí fue el del año 2000, cuando tuve el honor de ser coronada Reina. Fue una experiencia profundamente significativa, colmada de emoción y felicidad, que guardo con mucho cariño en mi corazón. Ese momento marcó mi vida universitaria de una manera especial, y aún hoy lo recuerdo con una sonrisa.
Ya cumplirá 43 años en la UCN ¿Qué es lo que la motiva para seguir trabajando?
Lo que me impulsa a seguir aquí es la satisfacción de sentir que mi trabajo tiene sentido y es un aporte al desarrollo de la universidad, y además me motiva la posibilidad de contribuir a una institución que ha marcado mi vida. La UCN no solo ha sido mi lugar de trabajo, sino también mi casa, mi escuela y mi familia. Aquí he crecido, aprendido, y compartido. Todo lo que soy, en gran medida, se lo debo a esta casa de estudios que ha estado presente en cada etapa de mi vida profesional y personal.
Héctor Soza, académico fundador de la Escuela de Ingeniería UCN:
“Partimos prácticamente desde cero, pero fue muy gratificante”
Ingeniero y académico, Héctor Soza estuvo presente en la creación y puesta en marcha de la Escuela de Ingeniería de la Universidad Católica del Norte en la Sede Coquimbo. Su relato reconstruye los inicios de este proyecto académico, marcado por el trabajo colectivo y la fuerte vocación docente, lo que puso en valor la gran labor humana del quehacer universitario.
Héctor Soza se incorporó a la Universidad Católica del Norte en 2010, tras ser convocado para liderar la creación de la Escuela de Ingeniería en la Sede Coquimbo. Ingeniero de formación y académico por vocación, asumió este desafío luego de una larga trayectoria en gestión académica y docencia.
La iniciativa comenzó a gestarse en 2009, bajo la conducción del entonces decano de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Geológicas de Antofagasta. “En el año 2009 se aprobó con el Decreto 72 la creación de la Escuela de Ingeniería”, recuerda orgulloso. A partir de ese momento, se inició un proceso acelerado de preparación para abrir la unidad en marzo de 2010.
Soza llegó a Coquimbo en diciembre de 2009 y, pocos meses después, la Escuela comenzó a funcionar con dos carreras: Ingeniería Civil en Computación e Informática, e Ingeniería Civil Industrial. “Partimos prácticamente desde cero”, señala, aludiendo tanto a la estructura académica como a las condiciones materiales iniciales.
Uno de los primeros desafíos fue conformar el equipo. “Tuve que contratar profesores para matemática y física, además de una secretaria”, relata. Paralelamente, asumió labores docentes, dictando cursos introductorios que buscaban orientar a los estudiantes sobre el sentido de la ingeniería: “Había que enseñarles de qué se trataba realmente la carrera”, explica.
Las condiciones de infraestructura eran limitadas. En un inicio, la Escuela contaba solo con dos salas de clases y oficinas improvisadas en una sala de capacitación. “Ahí trabajábamos todos, atendíamos a los alumnos y resolvíamos lo que se podía”, recuerda. Recién en 2012 se entregó el edificio definitivo de la Escuela. “El llavero tenía como cien llaves”, comenta nostálgico y feliz por el recuerdo de un sueño alcanzado.
En cuanto a sus motivaciones para asumir este proyecto, Soza explica que fue convocado directamente por el decano, quien conocía su trayectoria. En ese periodo, se encontraba finalizando estudios de doctorado en Madrid, proceso que debió interrumpir por razones económicas y familiares. “No era sencillo, pero me gustó el proyecto y volver a enseñar”, señala. Tenía entonces 52 años; hoy, a los 78, observa ese proceso con mucho orgullo.
El inicio de las clases estuvo marcado por una alta matrícula y grandes expectativas. “Hubo mucho interés, llenamos los cupos sin problemas”, recuerda. No obstante, reconoce que el trabajo fue intenso: cerca de 180 estudiantes y un equipo académico reducido. “No fue simple”, admite.
Desde su experiencia docente, destaca el desafío de acompañar a estudiantes que llegaban con ideas poco claras sobre la ingeniería. “Muchos creían que venían a hacer videojuegos”, comenta, especialmente en el área de informática. Aun así, valora ese proceso formativo como exigente, pero gratificante.
Mirando en perspectiva, Héctor Soza se conmociona tras recordar el gran compromiso del equipo académico como el principal motor para consolidar la Escuela de Ingeniería, ya que sin eso, no hubiera sido posible. Además, y de cara al futuro, destaca la importancia de seguir cuidando la calidad docente y agradeciendo a la UCN por este camino lleno de experiencias: “La universidad se portó muy bien conmigo. Siempre me apoyó y también me exigió superarme. Eso permitió que yo pudiera aportar cada vez más”, finaliza.
Yeny Sunkel, ex secretaria del Departamento de Comunicaciones UCN:
“Llevo un orgullo enorme en el corazón por haber sido parte de esta historia”
Con cerca de dos décadas de trayectoria en la Universidad Católica del Norte, Yeny Sunkel Peralta, ex Secretaria Ejecutiva del Departamento de Comunicaciones de la UCN Sede Coquimbo, recuerda su paso por la institución como una experiencia marcada por el sentido de comunidad, la cercanía humana y el compromiso institucional. Hoy, a sus 70 años y ya jubilada, continúa vinculada a la universidad como integrante del grupo Pioneros UCN, conformado por exfuncionarios y académicos de la sede.
Su primer acercamiento a la UCN se produjo en 1986, dando inicio a un vínculo laboral que se consolidó con el paso de los años. Durante su trayectoria, participó activamente en diversas instancias universitarias, fortaleciendo un profundo sentido de pertenencia. “La UCN fue mi segunda casa”, señala, al recordar un espacio donde el trabajo se desarrollaba en un ambiente de respeto, colaboración y cercanía.
Entre los aspectos más significativos de su experiencia, destaca la conexión humana que caracterizaba la vida universitaria. “Éramos una gran familia”, afirma, describiendo un entorno laboral colaborativo, donde las personas eran el eje central del quehacer institucional.
Desde una mirada reflexiva, Sunkel sostiene que “la universidad se construye con personas”, enfatizando que el capital humano ha sido históricamente uno de los principales pilares de la UCN. No obstante, reconoce que el desarrollo institucional también implica desafíos, entre ellos, la necesidad de compatibilizar las exigencias laborales con el bienestar personal de quienes conforman la comunidad universitaria.
En el marco del 70° aniversario de la Universidad Católica del Norte, identifica como desafío central avanzar en la modernización institucional, manteniendo su tradición y prestigio académico. “Es importante fortalecer la automatización de procesos, la comunicación institucional y la capacidad de adaptación frente a los cambios tecnológicos y sociales que impactan a la educación superior”, menciona.
Asimismo, Sunkel reconoce la importancia de proyectar una visión estratégica que permita a la UCN seguir posicionándose en un buen lugar académico y social, respondiendo a las necesidades formativas del territorio.
“Hoy, al mirar hacia atrás, me siento profundamente agradecida. Llevo un orgullo enorme en el corazón por haber sido parte de esta historia, gracias por tanto querida UCN”, finaliza emocionada Yeny Sunkel.