7 agosto 2026
7 agosto 2026
Acreditación“No basta saber cuántos mm precipitarán; necesitamos comprender cómo responde cada territorio”
La geóloga de la UCN, Francisca Roldán, analizó las diversas aristas de la actual emergencia climática que afecta a nuestro país como consecuencia de una manifestación particularmente fuerte del fenómeno de El Niño. El tema también lo abordó extensamente en la más reciente edición del podcast Encuentros UCN.
Las emergencias provocadas por las precipitaciones en nuestro país no dan tregua. Precedidas por el anuncio de una manifestación especialmente fuerte del fenómeno de El Niño, durante las últimas semanas Chile se ha visto azotado una y otra vez por sistemas frontales que han causado inundaciones, aluviones y el desborde de cauces, poniendo a prueba la respuesta de la ciudadanía y de los organismos encargados de prevenir y reaccionar ante las contingencias de este tipo.
Sin embargo, existe consenso desde el mundo científico en que todo esto está recién comenzando, esperándose que El Niño -tal como está- se extienda hasta 2027.
La geóloga Francisca Roldán Marambio, candidata a doctora y académica del Departamento de Ciencias Geológicas de la Universidad Católica del Norte (UCN), se ha dedicado durante años a estudiar los riesgos de aluviones y remociones en masa en distintas zonas del país. En su momento, ha advertido sobre el peligro que representan en este sentido la presencia humana en las quebradas de la ciudad de Antofagasta o el riesgo que plantean ante las fuertes precipitaciones diversos puntos de la Zona Central.
Es su área de estudio e incluso se encuentra desarrollando su tesis doctoral en torno a este tema, por lo que no extraña que durante las recientes emergencias fuera requerida por los medios de comunicación para comprender qué está pasando actualmente en nuestro territorio.
La experta abordó la emergencia climática, profundizando en las distintas aristas de una situación que preocupa a todos los sectores, advirtiendo sobre ciertos puntos, como en la falta de estudios que permitan prevenir desgracias a raíz de los efectos del fuerte aumento de las precipitaciones por el fenómeno de El Niño.
¿Qué podemos esperar para los próximos meses?
Primero, es importante aclarar que El Niño forma parte del fenómeno ENSO, un ciclo natural de interacción entre el océano y la atmósfera en el Pacífico ecuatorial. Durante su fase cálida aumentan persistentemente las temperaturas superficiales del mar, lo que puede modificar la circulación atmosférica y, con ello, la trayectoria y frecuencia de los sistemas frontales que afectan a Chile.
Sin embargo, la presencia de El Niño no significa que cada sistema frontal sea causado directamente por este fenómeno. El Niño actúa como un condicionante climático de gran escala: aumenta la probabilidad de determinados patrones, pero cada evento meteorológico depende también de otros factores atmosféricos.
Para los próximos meses, la Dirección Meteorológica de Chile proyecta precipitaciones acumuladas sobre lo normal principalmente en el Norte y Centro-Sur del país, donde en el Sur se podrían esperar distintos patrones más acotados, además de temperaturas mínimas superiores a los valores habituales en gran parte del país. Esto podría traducirse en una mayor frecuencia de episodios de lluvia o en acumulados estacionales más elevados, pero no permite anticipar desde ya la intensidad, duración o localización exacta de cada tormenta. Por eso resulta fundamental complementar esta tendencia estacional con los pronósticos y alertas meteorológicas a corto plazo, es decir, tendremos que estar alertas lo que queda este 2026 y parte del 2027.
ESTUDIOS
¿Existen suficientes estudios sobre los efectos de fuertes precipitaciones en el Norte de Chile? Si es que faltan, ¿cuáles serían?
Existen estudios importantes sobre los efectos de los eventos de lluvias extremas en el Norte de Chile, especialmente a partir de eventos como el de Antofagasta el 18 de junio de 1991, las activaciones de quebradas en Tarapacá y el evento de Atacama en 2015, entre otros. Estas investigaciones han permitido comprender mejor sus causas meteorológicas, la respuesta del territorio, algunos efectos sobre las ciudades y la infraestructura.
Sin embargo, la información existente es insuficiente. Gran parte de los estudios se concentra en determinados eventos o localidades después de que ocurre un desastre, mientras que numerosas quebradas y cuencas de menor área continúan con escaso conocimiento sobre su comportamiento, además de las respuestas hidrológicas de las mismas.
Una de las principales necesidades es mejorar el monitoreo de las lluvias en alta resolución temporal y espacial, especialmente en cabeceras de cuencas y sectores cordilleranos a una escala compatible con estudios a escala local. También se requieren registros de caudal y transporte de sedimentos, catastros actualizados de inundaciones y remociones en masa, y umbrales locales que permitan determinar qué intensidad y duración de lluvia puede activar cada una de las cuencas, además de información base fundamental como es el mapeo geológico a una escala adecuada, entre otros.
Además, se necesitan más modelos que permitan estimar no solamente dónde puede comenzar un proceso, sino también el volumen de material movilizado, su trayectoria, velocidad y área potencial de impacto. A esto debe incorporarse el crecimiento urbano, la ubicación de viviendas e infraestructura crítica y la evaluación de la efectividad real de las obras de mitigación y los sistemas de alerta temprana, incluyendo el efecto y la ubicación de las zonas de ocupación informales de campamentos.
También es importante considerar que el Norte de Chile no tiene una homogeneidad en patrones climáticos ni geomorfológicos. El Altiplano, la precordillera, la Cordillera de la Costa y el Norte Chico presentan diferentes mecanismos de precipitación y respuestas hidrológicas. Por lo tanto, los resultados obtenidos en una región o cuenca no pueden trasladarse automáticamente a otra.
En síntesis, si bien existen estudios que abarcan eventos específicos de lluvia, no abarcan gran parte del territorio y, además, falta avanzar hacia un conocimiento sistemático, actualizado y preventivo de las cuencas. No basta con saber cuántos milímetros podrían precipitar: necesitamos comprender cómo responde cada territorio y qué elementos se encuentran expuestos.
ZONAS MÁS EXPUESTAS
¿Cuáles son las zonas más vulnerables del Norte de Chile ante el aumento de las precipitaciones?
Las zonas más expuestas son aquellas ubicadas al piedemonte de las cordilleras, en las desembocaduras de quebradas (cuencas), las cuales se expresan en distintos depósitos como coluviales o abanicos aluviales, entre otros. Estos últimos corresponden a superficies formadas por la acumulación histórica de sedimentos a consecuencia de lluvias y otros gatillantes, transportados desde las zonas montañosas y, por lo tanto, constituyen las zonas naturales de salida y depósito de eventuales flujos de agua, barro y detritos.
El problema es que numerosas ciudades y localidades del Norte de Chile se han establecido sobre estas superficies o junto a cauces que permanecen secos durante largos periodos. Esa aparente inactividad puede generar una falsa sensación de seguridad, pero ante una precipitación intensa las cuencas pueden concentrar rápidamente la escorrentía y movilizar grandes volúmenes de sedimentos hacia las zonas urbanas, tal como se evidenció en el evento de junio de 1991.
Dentro de este patrón se encuentran sectores de ciudades costeras como Antofagasta, Taltal y Tocopilla; localidades situadas en cuencas y valles como Chañaral, Copiapó y Diego de Almagro; y poblados interiores emplazados sobre abanicos aluviales en las quebradas de Tarapacá y Camiña. En el Norte Chico también son especialmente sensibles las planicies de inundación, terrazas y sectores próximos a los ríos Huasco, Elqui, Limarí y Choapa, entre otros.
Sin embargo, no toda una ciudad presenta el mismo nivel de riesgo. Los sectores más críticos son aquellos ubicados directamente en los cauces, en las salidas de las quebradas, sobre abanicos aluviales activos o en terrazas fluviales bajas, especialmente cuando existe alta densidad habitacional, drenaje insuficiente, infraestructura crítica o ausencia de obras de mitigación, además de zonas de campamento aledañas.
Por lo tanto, la vulnerabilidad no depende únicamente de cuánto llueve, sino también de la configuración de cada cuenca, de la cantidad de sedimento disponible y de cómo se ha ocupado y urbanizado el territorio.
Más allá del aumento de las precipitaciones, ¿cuáles factores aumentan los riesgos ante las precipitaciones fuertes: la composición del suelo, las intervenciones humanas, erosión, etc.?
Más allá del tipo de tormenta de lluvia, el riesgo depende de la combinación entre la amenaza física, la exposición de la población, su vulnerabilidad, la capacidad de prevención y respuesta.
En primer lugar, existen factores naturales que controlan la respuesta del territorio. Entre ellos se encuentran las características del territorio como, por ejemplo: tipo de cuencas, la pendiente y el relieve de las cuencas, la composición geológica y el grado de fracturamiento de las rocas, tipo de sedimento, la cobertura vegetal y la capacidad del terreno para infiltrar el agua, entre otros. También es importante la cantidad de material de sedimento acumulado en las laderas y cauces, porque ese sedimento puede ser removilizado durante una lluvia intensa y transformarse en un flujo de barro y detritos que puede incluso tener distintas velocidades de desplazamiento.
Para evaluar correctamente estos procesos se deben reconocer tres sectores: las zonas donde se inicia la remoción; los cauces por donde se desplaza; y las zonas de impacto y depósito, como las desembocaduras de quebradas, los abanicos aluviales y las planicies de inundación. Estas últimas suelen concentrar las mayores consecuencias cuando han sido urbanizadas.
Las intervenciones humanas también pueden incrementar el riesgo. La construcción de viviendas e infraestructura dentro de cauces o sobre abanicos aluviales aumenta la exposición. Asimismo, la modificación de taludes, la impermeabilización del suelo, la alteración de drenajes naturales, la acumulación de residuos industriales y domiciliarios en quebradas y la falta de mantenimiento de las obras de mitigación pueden modificar el escurrimiento y favorecer la concentración del agua y los sedimentos.
Sin embargo, estar expuesto no significa que todas las personas tengan la misma vulnerabilidad. Esta, también depende de la calidad de las viviendas, la disponibilidad de vías de evacuación, el acceso a información y transporte, la presencia de personas mayores, niños o personas con movilidad reducida, y la capacidad de las instituciones y comunidades para responder oportunamente.
Por eso, la preparación comunitaria es fundamental. Se requieren mapas actualizados de amenaza e impacto, pero también planos de evacuación específicos para remociones en masa, con rutas seguras, señalización, puntos de encuentro y alternativas en caso de que una vía quede bloqueada a una escala local y con una precisión mayor de la que tenemos hoy. Estos instrumentos deben ser conocidos previamente por la población y ponerse a prueba mediante simulacros. Un mapa que la comunidad no conoce tiene una utilidad muy limitada durante una emergencia.
A esto deben sumarse sistemas de monitoreo, umbrales de precipitación, alertas tempranas, educación comunitaria, mantenimiento de cauces y obras, y una planificación territorial que evite seguir aumentando la ocupación de las zonas de impacto.
En síntesis, no podemos controlar la ocurrencia de una tormenta, pero sí podemos reducir considerablemente sus consecuencias, disminuyendo la exposición, fortaleciendo la prevención y preparando a la población antes de que ocurra el evento y, por esto mismo, es que debemos recordar que los desastres no son naturales, son socionaturales porque en gran parte dependen de la decisión humana.
PREPARACIÓN
¿Cómo está la preparación de la ciudadanía y de las autoridades ante emergencias como la vivida durante los últimos días? Da la impresión de que no es la misma que ante los sismos, los cuales parecen estar en el ADN de los chilenos…
Efectivamente, frente a los sismos Chile posee una cultura preventiva mucho más arraigada. La mayoría de las personas reconoce el fenómeno, sabe aproximadamente cómo reaccionar y ha participado alguna vez en simulacros. En cambio, ante inundaciones, crecidas y remociones en masa, la preparación es desigual y además depende mucho del territorio.
Cabe destacar que en este último evento sí existieron avisos meteorológicos, alertas preventivas y difusión mediante medios de comunicación, redes sociales y mensajes SAE. Por lo tanto, no sería correcto afirmar que la emergencia ocurrió sin advertencias. Sin embargo, recibir un aviso de lluvia intensa no significa necesariamente que la población conozca su nivel de exposición, identifique las quebradas o cauces cercanos, sepa qué ruta utilizar o comprenda cuándo debe evacuar.
Las consecuencias principales de este evento se debieron a que la preparación debe comenzar mucho antes de una tormenta concreta. Las personas deberían conocer las características del territorio donde viven, saber si su vivienda se encuentra dentro de un cauce, sobre un abanico aluvial o en una planicie de inundación, y reconocer cuáles son las zonas de impacto potencial. También deberían conocer previamente las rutas de evacuación, los puntos de encuentro y las señales naturales que pueden indicar un peligro inminente y para esto resulta crucial que las autoridades den las herramientas necesarias para aquello.
Esto permitiría desarrollar una autonomía responsable: que la comunidad pueda adoptar medidas de autoprotección sin depender exclusivamente de recibir una última instrucción, pero manteniéndose informada y siguiendo las indicaciones oficiales. Para lograrlo no basta con publicar mapas en internet. Se necesitan planos de evacuación precisos y actualizados, señalización visible, sistemas de alerta comprensibles, educación en escuelas y organizaciones vecinales, y simulacros periódicos que permitan comprobar si las rutas y los puntos de encuentro realmente funcionan.
En Chile existen avances y se han desarrollado algunos planos y simulacros por remociones en masa, pero solo en algunos lugares y en muy pocas oportunidades. No obstante, estas herramientas todavía no tienen la misma cobertura, difusión ni incorporación cultural que las asociadas a los sismos y tsunamis.
En términos generales, la respuesta ante los últimos eventos volvió a mostrar un sistema que reacciona, más que un sistema preventivo. Por lo tanto, el desastre no se explica únicamente por la intensidad de la tormenta. Se produce por la convergencia entre un fenómeno meteorológico importante, asentamientos e infraestructura expuestos, vulnerabilidades acumuladas y una preparación territorial todavía insuficiente. El desafío es avanzar desde una cultura centrada en la emergencia hacia una cultura permanente de prevención y para aquello se requiere un trabajo mancomunado entre la comunidad científica, entidades de emergencia y población.
¿Existen planes de emergencia adecuados?
Existen planes de emergencia y mapas de evacuación, pero todavía presentan limitaciones importantes. En primer lugar, cabe destacar que no todas las ciudades o localidades cuentan con planos de evacuación ni estudios específicos de las amenazas presentes. Además, en muchos casos, los mapas actuales son más bien aproximados, ya que la escala y la resolución de la información disponible no siempre permiten identificar con precisión las calles, viviendas, equipamientos críticos o infraestructuras que podrían verse afectadas dentro de una zona de impacto.
Por ello, es necesario avanzar hacia mapas de escala local que permitan un mayor detalle y precisión, incorporando tecnologías como LiDAR, drones y modelos numéricos que permitan simular de manera más realista la trayectoria, velocidad y alcance de eventos como inundaciones o remociones en masa con las modificaciones urbanas actuales. Este tipo de herramientas permitiría no solo delimitar mejor las zonas de impacto, sino también definir rutas de evacuación realmente seguras y puntos de encuentro adecuados para la población. Además, se debe considerar que se deben ir actualizando frecuentemente.
Para lograrlo, se requiere una mayor inversión en ciencia y tecnología aplicada a la gestión y reducción del riesgo de desastres, pero también una transferencia efectiva y oportuna de estos resultados hacia las autoridades y las comunidades. No basta con generar estudios o modelos avanzados: estos deben transformarse en herramientas concretas de prevención, planificación territorial y toma de decisiones en situaciones de emergencia y para esto se requiere voluntad en la propia comunidad académica y en la recepción de parte de las autoridades.
¿Cómo considera que ha sido la respuesta de la autoridad ante la emergencia?
La respuesta de las autoridades tuvo elementos preventivos, porque existieron avisos meteorológicos, alertas, mensajes SAE y despliegue de equipos. Sin embargo, la magnitud y extensión de la emergencia evidenciaron limitaciones en la capacidad técnica y operativa del sistema, especialmente para llegar oportunamente a comunidades aisladas, evaluar las zonas afectadas y mantener la conectividad y los servicios básicos.
Esto demuestra la necesidad de fortalecer a instituciones como Senapred, Sernageomin, municipios y equipos regionales, aumentando sus recursos humanos, técnicos y logísticos. No basta con emitir una alerta si posteriormente no existe capacidad suficiente para evacuar, asistir y mantener comunicada a toda la población expuesta.
También se requiere un trabajo coordinado con instituciones como el Ministerio de Obras Públicas y el Ministerio de Vivienda y Urbanismo. La preparación del territorio depende de la planificación urbana, la ubicación de las viviendas, el mantenimiento de cauces, la conectividad y la construcción de infraestructura y obras de mitigación adecuadas. Por lo tanto, la respuesta ante estos eventos requiere integrar el conocimiento científico y territorial con la toma de decisiones institucionales.
Estas deficiencias no son consecuencia exclusiva de este evento ni de una sola administración, sino de decisiones acumuladas durante años. Un organismo de emergencia no puede compensar, durante una tormenta, todas las brechas previas de planificación e infraestructura. Para construir territorios resilientes se necesita una gestión permanente e interconectada entre autoridades, organismos técnicos, comunidad científica y población.
CONECTIVIDAD
¿Cómo se puede evitar perder la conectividad ante fenómenos como el vivido?
No siempre es posible evitar completamente la pérdida de conectividad, pero sí se puede reducir su duración y sus consecuencias. En este evento no solamente se destruyeron o interrumpieron rutas, sino que también se produjeron cortes de electricidad, agua potable y comunicaciones, dejando a miles de personas aisladas.
Esto es especialmente crítico en sectores rurales y montañosos, donde muchas localidades dependen de una única ruta. Cuando esa vía es cortada por una crecida, una remoción en masa por la activación de una quebrada, también se interrumpe el acceso a alimentos, atención médica, combustible y ayuda de emergencia.
Para reducir este riesgo se deben identificar previamente los puntos críticos de las rutas, mejorar drenajes, puentes y rutas transversales a quebradas, estabilizar laderas y disponer de vías alternativas cuando sea posible. También se requiere mantener maquinaria, puentes provisorios, combustible y suministros posicionados estratégicamente para recuperar rápidamente la conectividad.
En cuanto a los servicios básicos, se necesitan sistemas de respaldo eléctrico, reservas de agua, protección de plantas y tuberías, además de comunicaciones redundantes mediante telefonía, radio y conexión satelital. Las localidades aisladas deberían contar con una capacidad mínima de autonomía mientras llega la ayuda.
Por lo tanto, la solución no consiste solamente en reconstruir lo dañado, sino en diseñar redes viales, eléctricas, sanitarias y de comunicación que puedan seguir funcionando parcialmente cuando uno de sus componentes falla. Para ello se requiere planificación territorial, inversión y coordinación entre el MOP, los municipios, las empresas de servicios y los organismos de emergencia.
¿Existen aspectos positivos ante el aumento de las precipitaciones, como lo que pasa con la sequía, el relleno de acuíferos y hasta el desierto florido?
Las precipitaciones pueden aumentar la humedad del suelo, recuperar caudales, aportar agua a embalses y favorecer la recarga de algunos acuíferos. También podrían generar las condiciones para el desarrollo del desierto florido, aunque esto depende de la distribución de las lluvias y de las temperaturas posteriores. Sin embargo, un solo evento no termina con la sequía ni garantiza la recuperación de los acuíferos.
Además, estos eventos permiten obtener información muy valiosa sobre el comportamiento de las cuencas. Si se registran oportunamente las quebradas activadas, el depósito de los flujos, los volúmenes movilizados y las zonas de impacto, se pueden construir catastros más completos y mejorar los mapas de amenaza y los planes de evacuación. Sin embargo, actualmente la extensión del territorio afectado supera la capacidad de los equipos disponibles para realizar un levantamiento detallado en todas las localidades. Por eso sería necesario invertir en estas temáticas fortaleciendo los equipos técnicos y herramientas necesarias para aquello tanto en las entidades como principalmente en las universidades.
En eventos futuros, esta información debería recopilarse de manera rápida y estandarizada, antes de que la evidencia sea borrada por la limpieza o la recuperación del terreno. Así, cada evento podría contribuir a mejorar la prevención, la planificación y la preparación ante futuras emergencias.
La geóloga Francisca Roldán también se refirió extensamente a la actual emergencia climática en la más reciente edición del podcast Encuentros UCN de la Dirección de Comunicaciones UCN, la que está disponible en este enlace.







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