2 abril 2026

Waldo Valenzuela, el último Pintor Clásico

En el panorama de las Bellas Artes de Antofagasta, en los últimos setenta años, se destacó la figura de Waldo Valenzuela Maturana, un hombre del norte chico, de Ovalle, que nació en 1932. Valenzuela estudió en la Universidad de Chile, donde fue condiscípulo del principal pintor hiperrealista chileno, Claudio Bravo Camus. Solía Waldo mostrar una […]

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Columna de

José Antonio González Pizarro

En el panorama de las Bellas Artes de Antofagasta, en los últimos setenta años, se destacó la figura de Waldo Valenzuela Maturana, un hombre del norte chico, de Ovalle, que nació en 1932. Valenzuela estudió en la Universidad de Chile, donde fue condiscípulo del principal pintor hiperrealista chileno, Claudio Bravo Camus. Solía Waldo mostrar una muestra pictórica donde aparecía Claudio Bravo.

Waldo se vinculó tempranamente con la novel Universidad del Norte, donde forjó la Academia de Bellas Artes, de la que fue director en 1960. Ese pequeño cenáculo, lo transformó, mediante una potente actividad de formación plástica como de extensión universitaria, en el Departamento de Artes Visuales. Esa palanca de difusión de las artes y la formación de la Licenciatura en Artes Plásticas y Pedagogía en Artes Plásticas, hizo que la larga década de 1960- que concluye en 1973- por toda la ebullición cultural, de nuevas sensibilidades y nuevos tópicos  que se verificó en una nación atenta a los rumbos que demarcaba nuevos planteamientos políticos. Y, por qué no decirlo, de toda una plataforma de reformas socio-políticas, que abrió el presidente Eduardo Frei Montalva, como de renovación litúrgica y teológica, proveniente del Concilio Vaticano II, transformaron a los años 60’ en la década de mayor presencia de las artes. Todo era creación, teatros, salas de artes, exposiciones como el Museo de Arte Regional o el Primer Encuentro de Pintores y Escultores del Norte, la propia Universidad del Norte acoge, por la gestión de Gerardo Claps, una colección de pintura donada por la Unesco, que da lugar a la actual Pinacoteca de la Universidad Católica del Norte.

Hemos comentado tales hitos de la década de 1960, pues Waldo fue protagonista de tales acontecimientos. El obispo Francisco de Borja Valenzuela Ríos-que sería el primer arzobispo de Antofagasta- le encargó a Waldo que organizara la Primera Semana Cristiana, entre el 17 y 24 de julio de 1966, haciendo coincidir las orientaciones Conciliares mencionadas con los 100 años del poblamiento de Antofagasta. Aquello motivó la participación de profesores y alumnos, con imágenes, textos de la visión de la Iglesia Católica.

 Participó en el primer Sínodo Arquidiocesano de Antofagasta, en enero de 1968 como católico que lo fue toda su vida. Y su sensibilidad, le condujo al Movimiento Cristiano partidario de las transformaciones sociales de los años 70’. Recuerdo haber conversado largamente con Waldo sobre el tópico, cuando comenzamos a escribir El Catolicismo en el Desierto de Atacama. El ánimo reformista universitario, se concretó con el Claustro Pleno de 1968, donde, manteniendo la catolicidad de la Universidad del Norte, hubo una orientación más laical y de preparación de la institución para apoyar los aires renovadores.

Waldo Valenzuela evocó tales años:

“El movimiento plástico de los 60 en Antofagasta fue profundamente Latinoamericanista y es el momento en que los artistas asumieron la poderosa irradiación del arte prehispánico, especialmente del Área Andina y específicamente el Arte Atacameño; es cierto que el proceso político nos obligó a poner el acento en el drama socio-político pero ya contábamos con el substrato amerindio. Se alcanzó entonces por un momento esa perfecta adecuación entre forma y contenidos: a nuevos contenidos nuevas formas”, escribió en “Desarrollo del Arte en Antofagasta”.

Esta influencia de los años 60, de un fulgor literario latinoamericano- no es necesario mentar a los escritores del llamado Boom de esa década- como musical-artístico, en nuestro medio la influyente labor del Conjunto Folklórico de la Universidad del Norte-COFUN- irradiando toda la música, instrumentos, leyendas andinas, forjó una personalidad intelectual en Waldo Valenzuela. De toda la formación pictórica clásica de la Universidad de Chile, y transmitida a sus alumnos y alumnas, Waldo orientó su quehacer hacia cuatro dimensiones: a) la formación de un grupo de discípulos, tanto en la Universidad del Norte como en el Liceo Experimental Artístico, donde plantó una simiente que ha seguido creciendo; b) la idea y continuidad de las exposiciones colectivas. Disfrutó y fue animador del Salón de Mayo- creado por Andrés Sabella en 1965, y la Sala Ercilla, establecida en 1967, ambas por la Universidad del Norte.  Cuando desaparecieron ambas instancias, Waldo aprovechó la Sala Chela Lira, de la Universidad Católica del Norte, para llevar a cabo sus exposiciones. En tal perspectiva, ahí están los frutos tanto de “Cristo en el Arte” y “Plástica antofagastina”, instancias que confluyeron artistas ya consagrados como noveles; c) un historiador del arte de la región, que, apoyado en las obras precedentes, donde lo escrito por Andrés Sabella, su gran amigo, avanzó a pesquisar la escultura y la plástica de los años 80, que coincidió con el cierre del Departamento de Artes Visuales. Valenzuela incursionó en los aportes de la pintura surgida en la década de 1990, con el retorno a la democracia, anotando, en el texto en comento:

“En el Norte la luz tiene una intensidad que ha hecho posible que los pigmentos de color adquieran una temperatura tal, que hasta la gama de azules resulten cálidos. Cada vez que es posible comparar obras gestadas en la zona central con obras creadas en el norte, el contraste es evidente: el sol estalla no solo desde los amarillos y rojos sino además desde los azules ultramar y el cobalto y no tenemos culpa”.

Cuando la Universidad Católica del Norte comenzó a bocetar sus libros conmemorativos de los 50 y 60 años, señalé que era imprescindible contar con la visión y el saber acumulado de Waldo. Ambos libros se engalanaron con sus contribuciones. Hace un par de años, me visitó en mi oficina universitaria, indicándome que estaba elaborando un libro sobre la pintura. Y era necesario mi apoyo con las cosas que escribió mi tío Andrés Sabella. Naturalmente, no era necesario solicitar tal apoyo. Estaba contento como avanzaba el volumen.

Una última dimensión, que se une a su calidad humana, afectuosa, cercana, cálida, es su formación de pintor. Me obsequió hace varios años un set de bocetos realizados en las décadas del 60 y 70 y guardo en el living un cuadro a pastel de la Oficina Chacabuco, con el viejo tronco de un pimiento. Su nortinidad a toda prueba. Un maestro para la ciudad y la región que vamos a extrañar, pero en la memoria de los antofagastinos quedará la plástica y la generosidad de formación de cientos de jóvenes.

Columnista

José Antonio González Pizarro

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