3 agosto 2026

Treinta años después: Las mismas lluvias, las mismas fragilidades.

Corría el invierno de 1997 y los anuncios de lluvia representaban uno de los mejores panoramas para un niño nortino. En una tierra donde el agua escasea, verla caer durante horas tenía algo de extraordinario, especialmente en una caleta que entonces era poco conocida y escasamente concurrida. Fueron varios días de lluvia y fuertes ráfagas […]

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Columna de

Felipe Rivera Marín

Coordinador de Organizaciones - Programa Acuicultura en Áreas de Manejo

Corría el invierno de 1997 y los anuncios de lluvia representaban uno de los mejores panoramas para un niño nortino. En una tierra donde el agua escasea, verla caer durante horas tenía algo de extraordinario, especialmente en una caleta que entonces era poco conocida y escasamente concurrida. Fueron varios días de lluvia y fuertes ráfagas de viento norte. La casa de mi abuela se volvió inhabitable, por lo tanto, debimos trasladarnos a la casa de uno de mis tíos.

Cuando la tormenta comenzó a ceder, los mayores anunciaron que la quebrada había bajado y que Caleta Chañaral de Aceituno, extremo sur de Atacama, se encontraba aislada. Después de varios días, un helicóptero aterrizó llevando cajas con víveres. Para mí fue un espectáculo inolvidable; para los adultos, en cambio, fue el inicio de una disputa mucho menos extraordinaria.

Con los años comprendí que los desastres no suspenden las relaciones sociales: las vuelven más visibles. Una organización comunitaria sólida puede activar la cooperación; la desconfianza, las disputas internas o la débil presencia institucional pueden profundizar desigualdades preexistentes.

Corría ahora el invierno de 2026. Los pronósticos meteorológicos anunciaban un temporal de magnitud comparable, o incluso superior, al ocurrido durante los años noventa. Casi tres décadas después, las imágenes de aquella infancia regresaron con inesperada claridad.

Mi abuela, hoy con algunos años más, continúa viviendo en una caleta que ya no es tan desconocida. Esta vez pudo trasladarse anticipadamente a Coquimbo. Muchas familias también echaron mano a la memoria: se abastecieron, resguardaron sus pertenencias y se prepararon para varios días de lluvia y posible aislamiento.

Algo hemos aprendido, pero quizá no lo suficiente.

Los pronósticos son más precisos, las alertas circulan con mayor anticipación y las comunidades reconocen mejor algunos riesgos. Sin embargo, después de casi treinta años, la energía eléctrica, el abastecimiento de agua, las telecomunicaciones y la conectividad vial continúan siendo el talón de Aquiles de numerosas localidades costeras y rurales del norte de Chile.

La memoria familiar permitió esta vez tomar mejores decisiones. Pero una sociedad no puede descansar únicamente en el recuerdo de quienes sobrevivieron a la emergencia anterior. La experiencia acumulada por las comunidades debe convertirse en planificación, infraestructura y capacidades institucionales permanentes.

La vulnerabilidad tampoco se distribuye de manera uniforme. Un temporal puede afectar a toda una región, pero sus consecuencias dependen del lugar donde se vive, de la calidad de la vivienda, del acceso a transporte y agua potable, de las redes comunitarias y de la capacidad económica para abandonar temporalmente una zona de riesgo. Las amenazas pueden ser naturales, pero los desastres son también sociales.

En las ciudades se siguen construyendo viviendas sociales en sectores que sabemos que se inundan, muchas veces porque son los terrenos más baratos. Las familias con menores ingresos terminan habitando zonas expuestas, no por desconocimiento, sino porque sus posibilidades de elegir son limitadas.

Las quebradas, utilizadas durante años como lugares informales de disposición de residuos, han transportado toneladas de basura hacia el mar. Después de la lluvia, las playas han amanecido cubiertas de escombros, plásticos y fragmentos de electrodomésticos. Es la expresión de una forma de habitar el territorio que actúa como si los cauces permanecieran secos para siempre.

Pero las quebradas conservan memoria. Pueden pasar años o décadas silenciosas y, cuando las lluvias regresan, el agua recupera sus antiguas rutas. Lo que para la planificación urbana aparece como un espacio disponible, para la naturaleza continúa siendo un cauce.

Las consecuencias también alcanzan al borde costero. Algunas caletas, como Huentelauquén, han quedado temporalmente inhabilitadas para el embarque y desembarque. Los ríos han transportado sedimentos, residuos y grandes volúmenes de agua hacia bahías donde existen bancos naturales y recursos de importancia comercial, como la macha.

Por eso, en los territorios costeros la recuperación no consiste únicamente en despejar caminos o reponer la electricidad. También implica evaluar los efectos sobre bancos naturales, áreas de manejo y sistemas de cultivo, y acompañar a las organizaciones de pescadores artesanales frente a impactos que pueden prolongarse después del buen tiempo.

Planificar supone reconocer que habitamos dentro de la naturaleza. También significa escuchar a quienes conocen los territorios: las personas que saben dónde baja el agua, qué caminos se cortan primero y cuáles son las viviendas más expuestas. Ese conocimiento no reemplaza a la ciencia ni a la institucionalidad, pero debe dialogar con ambas.

Quizás la imagen más persistente de aquella infancia siga siendo la del helicóptero. Sin embargo, una sociedad preparada no debería confiar su seguridad únicamente a la llegada de la ayuda, sino a un trabajo menos visible: caminos seguros, energía autónoma, telecomunicaciones resistentes, cauces protegidos, viviendas bien localizadas y organizaciones comunitarias fortalecidas.

La emergencia puede exigir helicópteros. La planificación debe procurar que nadie tenga que suplicar por la caja de alimentos que estos transportan.

Casi treinta años después, las quebradas vuelven a bajar y la naturaleza nos vuelve a hablar. La pregunta es si nosotros, como sociedad, hemos aprendido realmente a escucharla.

Columnista

Felipe Rivera Marín

Coordinador de Organizaciones - Programa Acuicultura en Áreas de Manejo

Coordinador de Organizaciones Programa Acuicultura en Áreas de Manejo Departamento de Acuicultura Facultad Ciencias del Mar

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