6 marzo 2026
El reencuentro
Un nuevo año escolar y académico comienza. Volvemos a las aulas con el recuerdo del sol, del descanso, de los amigos y de las conversaciones que el verano permite. Regresamos con la piel todavía tibia de vacaciones y con la expectativa —a veces silenciosa— de que algo nuevo pueda comenzar. Y la escuela (colegio, liceo, […]
Columna de
Dra. Paulina Veas Garcia
Escuela de Educación Coquimbo - UCNUn nuevo año escolar y académico comienza. Volvemos a las aulas con el recuerdo del sol, del descanso, de los amigos y de las conversaciones que el verano permite. Regresamos con la piel todavía tibia de vacaciones y con la expectativa —a veces silenciosa— de que algo nuevo pueda comenzar.
Y la escuela (colegio, liceo, centro de formación, instituto y universidad) — ese espacio y tiempo común — abre nuevamente sus puertas. No es solo un edificio que se activa, es un lugar y un tiempo donde la sociedad se encuentra consigo misma.
En tiempos marcados por el dolor, la violencia, la incertidumbre y la fragmentación, la escuela puede convertirse en un espacio deliberadamente distinto: no para ignorar el mundo, sino para mirarlo con mayor atención. Un lugar donde niñas, niños, jóvenes y adultos puedan reencontrarse no desde la sospecha, sino desde la confianza; no desde la prisa, sino desde el estudio; no desde el aislamiento, sino desde la comunidad.
Reencontrarse es, ante todo, volver a mirar. Mirar al otro y reconocerlo como alguien con quien compartimos el mundo. Mirar las disciplinas escolares — las artes, la matemática, la historia, las ciencias, el lenguaje — no como asignaturas aisladas, sino como distintas formas de comprender la realidad. Cada una ofrece un lente: unas nos enseñan a razonar con rigor, otras a narrar y a interpretar, otras a experimentar, otras a imaginar. Todas, cuando se enseñan con sentido, amplían nuestra experiencia del mundo y nos ayudan a habitarlo con mayor dignidad.
La escuela no es un paréntesis ingenuo frente a la realidad. Es un espacio donde aprendemos a pensarla. Allí el estudio se vuelve una práctica de atención: atención a los textos, a los números, a los fenómenos naturales, a las obras de arte, pero también atención a los otros. En ese ejercicio se forma algo más que conocimientos: se forma el juicio, la sensibilidad y la capacidad de actuar con responsabilidad.
El reencuentro es también una oportunidad para reconstruir confianzas. La educación es siempre la posibilidad de un nuevo comienzo. Cada año escolar abre la promesa de que podemos hacerlo mejor, comprender más profundamente, cuidar con mayor esmero.
Confiemos en que existen propósitos comunes y que es posible construirlos colectivamente. Confiemos en las y los profesores, en su formación, en su estudio permanente, en su capacidad de mediar entre las nuevas generaciones y el mundo que heredamos. Enseñar no es repetir contenidos; es abrir caminos de comprensión.
Confiemos en las niñas, niños y jóvenes, en sus preguntas, en su curiosidad, en su potencial. Las capacidades no están dadas de antemano: se configuran en el encuentro con otros y en el esfuerzo compartido por comprender. Confiemos en las familias, primer territorio vital de cada estudiante, y en la posibilidad de que escuela y hogar no compitan, sino que se acompañen.
Hagamos de este reencuentro una ocasión para reconocer también nuestras ignorancias. Entre lo que sabemos y lo que aún no comprendemos hay una distancia fecunda. Esa brecha no es un déficit es el camino mismo del aprendizaje. Recorrerla en compañía es, quizás, la tarea más humana que tenemos.
Que este nuevo año no sea solo el retorno a la rutina, sino la decisión de cuidar el espacio y tiempo común que es la escuela. Porque allí, en medio del estudio, la conversación y la creación, se juega algo esencial: la posibilidad de formar generaciones capaces de pensar con rigor, sentir con profundidad y actuar con responsabilidad. Ese es el verdadero reencuentro.