9 julio 2026

Cuando la convicción se vuelve ruptura

El pasado miércoles 1 de julio, la Iglesia Católica volvió a mirar una de sus heridas históricas más complejas: el problema de la comunión cuando una convicción, sostenida como fidelidad, termina expresándose como ruptura. En la localidad de Écône, Suiza, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X -a cuyos miembros se suele denominar “lefebvristas”- procedió a […]

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Columna de

Emmanuel Canales Arias

Docente Departamento de Teología UCN Antofagasta

El pasado miércoles 1 de julio, la Iglesia Católica volvió a mirar una de sus heridas históricas más complejas: el problema de la comunión cuando una convicción, sostenida como fidelidad, termina expresándose como ruptura. En la localidad de Écône, Suiza, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X -a cuyos miembros se suele denominar “lefebvristas”- procedió a la ordenación episcopal de cuatro sacerdotes: Pascal Schreiber, Michael Goldade, Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier. El acto se realizó sin mandato pontificio y contra las advertencias previas de la Santa Sede.

La gravedad del hecho se hizo aún más explícita con el decreto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, que declaró que la consagración tuvo naturaleza cismática y que los principales implicados incurrieron ipso facto en excomunión latae sententiae. Dicho en términos sencillos, la excomunión no significa que una persona deje de estar bautizada ni que quede definitivamente fuera de toda posibilidad de reconciliación. Es una pena canónica que expresa una ruptura grave de la comunión eclesial y que limita la participación sacramental y ministerial mientras no exista un camino de conversión y reconciliación. La expresión latae sententiae indica que la pena se incurre automáticamente por el hecho mismo de cometer el acto previsto por la ley, aunque luego pueda ser declarada formalmente por la autoridad competente.

Para comprender la raíz de este conflicto, es necesario remontarse a 1970, año en que el arzobispo francés Marcel Lefebvre fundó la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Lefebvre, antiguo arzobispo de Dakar y figura relevante del catolicismo tradicionalista contemporáneo, se convirtió en uno de los principales referentes de la crítica a ciertas orientaciones surgidas tras el Concilio Vaticano II. Su oposición se concentró especialmente en algunos aspectos de la reforma litúrgica, el ecumenismo, la libertad religiosa y la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo. Desde entonces, la Fraternidad ha sostenido que su misión consiste en resguardar la tradición católica frente a lo que considera desviaciones doctrinales o pastorales de la Iglesia actual.

Lo ocurrido en Écône no es, por tanto, un hecho aislado; tiene su raíz en un acontecimiento doloroso: en 1988, el mismo Marcel Lefebvre consagró obispos sin autorización pontificia, provocando una de las rupturas más significativas de la Iglesia contemporánea. Desde entonces, distintos pontífices han intentado mantener abiertos caminos de diálogo, buscando formas de reconciliación que permitieran sanar la distancia sin renunciar a la comunión. Sin embargo, la decisión de proceder nuevamente por una vía unilateral vuelve a tensionar esos frágiles puentes.

Es justo reconocer que la propia Fraternidad ha presentado su decisión como consecuencia de un diálogo que, a su juicio, se encontraba agotado. Desde ese sector se ha señalado que habrían existido solicitudes de audiencia que no encontraron la respuesta esperada, junto con la convicción de estar ante un estado de necesidad para asegurar la continuidad de su misión sacerdotal y doctrinal. En esa lectura, la consagración de nuevos obispos no habría sido entendida por ellos como un simple gesto de rebeldía, sino como una medida necesaria para preservar aquello que consideran fidelidad a la tradición católica. Al no encontrar en Roma la respuesta que esperaban, la Fraternidad parece haber confirmado su propia convicción de que debía actuar por cuenta propia.

Precisamente allí se encuentra el nudo del conflicto. Reconocer esa autocomprensión no elimina la gravedad eclesial del desenlace. La percepción de no ser escuchado puede convertirse en una herida real; pero esa herida no justifica necesariamente una decisión que rompe la comunión visible, es decir, el vínculo concreto, sacramental y jerárquico que mantiene unidos a los miembros de la Iglesia entre sí, en comunión con el sucesor de Pedro.

Desde el punto de vista canónico y eclesial, la cuestión no se refiere solo a la validez sacramental del rito, sino también a su licitud y a su significado para la unidad de la Iglesia. El ministerio episcopal no es una potestad disponible para una comunidad particular, sino un servicio recibido y ejercido dentro de la comunión de toda la Iglesia. Cuando una comunidad decide actuar al margen de esa comunión, aun creyendo hacerlo para asegurar la continuidad de su misión, lo que presenta como fidelidad puede terminar siendo leído eclesialmente como ruptura.

Aquí aparece la pregunta más profunda que este acontecimiento deja no solo a la Iglesia, sino también a toda comunidad humana: ¿qué ocurre cuando una comunidad deja de confiar en el diálogo? ¿Qué sucede cuando una parte, convencida de la justicia de su causa, concluye que su propia comprensión de la fidelidad es razón suficiente para actuar al margen del vínculo común?

El problema no está en tener convicciones firmes. Toda comunidad necesita personas capaces de sostener principios, defender causas y expresar con honestidad sus desacuerdos. El riesgo aparece cuando esas convicciones se absolutizan hasta el punto de volver innecesaria la escucha del otro. Entonces una convicción que pudo haber nacido como búsqueda sincera de fidelidad, justicia o verdad, corre el riesgo de convertirse en una trinchera desde la cual se rompe la relación con los demás.

No toda diferencia es ruptura. No todo desacuerdo es amenaza. La vida de una comunidad está hecha de tensiones, preguntas, sensibilidades distintas y conflictos legítimos. Pero cuando el disenso deja de buscar caminos comunes y se transforma en una decisión unilateral, la comunidad completa comienza a resentirse. Se debilita la confianza, se endurecen las posiciones y se vuelve más difícil reconocer que también puede existir una parte de verdad en la voz del otro.

Esto vale para la Iglesia, pero también para cualquier espacio donde las personas intentan construir una vida compartida: una familia, una universidad, una organización social, una comunidad religiosa, una institución pública o un país. Allí donde conviven responsabilidades diversas, expectativas legítimas y experiencias de dolor, el diálogo no puede ser entendido como un trámite menor ni como una formalidad agotada. Es una exigencia ética de quienes saben que ninguna comunidad se sostiene solo por normas, sino también por la decisión permanente de cuidar los vínculos.

Cuando los puentes se rompen, no pierde solo una parte: pierden ambas, y se resiente la comunidad completa. La comunión -en sentido eclesial, pero también humano e institucional- no se sostiene porque todos piensen igual, sino porque, aun pensando distinto, las partes deciden seguir reconociéndose como parte de una misma historia.

Tal vez esa sea la lección más urgente de este acontecimiento: cuidar la comunión no significa negar los conflictos, sino enfrentarlos sin destruir los vínculos que hacen posible una vida compartida. En tiempos de tensión, permanecer en el diálogo puede ser una de las formas más concretas -y más exigentes- de responsabilidad cristiana y humana.

Columnista

Emmanuel Canales Arias

Docente Departamento de Teología UCN Antofagasta

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